Ay, Dios… Aún siento el calor en la piel. Estaba con Mustapha, mi semental marroquí, follando como animales en mi pisito de París. Su polla gruesa me llenaba el coño hasta el fondo, embistiéndome con fuerza. Yo gritaba, sí, gritaba como una loca: ‘¡Más duro, joder, rómpeme!’ El sudor nos pegaba, su aliento caliente en mi cuello, olor a sexo puro, almizclado. De repente, golpes en la puerta: ‘¡Policía, abran!’ Mustapha salta como un gato escaldado, se mete en el baño desnudo, temblando. ‘¡Puta madre, la poli!’, piensa él. Yo, con el coño chorreando, me pongo la bata a toda prisa, el corazón a mil.
Abro la puerta, sudada, despeinada, oliendo a corrida reciente. Tres polis jóvenes, dos tíos y una tía, mirándome con cara de ‘ya sabemos’. ‘Señora, nos han llamado por ruidos… ¿agresión?’, dice el brigadier. Suspiro aliviada. ‘No, todo bien… Solo… ya saben’. Se van riendo por lo bajo. Cierro, riéndome yo también. ¡Había gritado tanto! Mustapha sale blanco como un fantasma. ‘¿Por qué miedo? ¿Papeles?’, le pregunto. Él niega, pero tiembla. Le calmo con una mentirita: ‘Traían mi cartera perdida’. Pedimos pizza, bebemos vino. Él se relaja, torso desnudo, polla medio tiesa en el bóxer.
La tensión que estalló con la policía en la puerta
Pero la tensión no baja. Mis tetas hinchadas piden caricias, el coño palpita. Mustapha solo me acaricia el pelo, torpe. Pienso en la vecina, la de enfrente, soltera y frustrada. La oigo espiando antes. La invito: ‘¿Un trago?’. Abre al instante, ojos brillantes. ‘No molesto…’, dice, pero entra conmigo de la mano. Mustapha se esconde bajo las sábanas, sorprendido. ‘Es mi vecino, Mustapha, el que me hacía gritar’, digo guiñando. Nos sentamos, bebemos. Veo su polla endurecerse bajo la sábana al mirar sus tetas libres bajo el pijama.
La razón se va a la mierda. Le pongo la mano en la polla dura como piedra. ‘Mira lo que le haces’, le digo a ella. Se acerca, fascinada. ‘¡Joder, qué polla más gorda!’, murmura. Yo la beso, lenguas enredadas, saliva caliente. Sus labios suaves, temblorosos. Le bajo el pantalón, culazo blanco expuesto. Mustapha gime. Saco un condón: ‘Póntelo tú’. Se arrodilla, pero yo la agarro del pelo, la beso más fuerte. ‘Fóllatela ya’, le digo. Él la penetra de un empujón, ella chilla: ‘¡Ay, sí, métemela toda!’. Su coño virgen de pollas hace meses, lo traga ansioso. Yo me froto el clítoris viendo cómo la parte en dos.
El polvo brutal del trío sin tabúes
Cambiamos. Yo monto a Mustapha, su polla me estira el coño, bolas chocando contra mi culo. Ella me lame las tetas, succiona pezones duros. ‘¡Lame mi coño!’, le ordeno. Baja, lengua en mi clítoris mientras él me folla. Olor a sexo intenso, jugos por todas partes. Grito: ‘¡Voy a correrme!’. Explosión, tiemblo, chorro en su boca. Ella se sube a su cara, él la come como loco, lengua profunda. Yo le chupo la polla, venas palpitantes, sabor salado. ‘¡Córrete en mi boca!’, pero él aguanta. La pone a cuatro, la folla salvaje, nalgas rojas. ‘¡Más, árabe cabrón!’, grita ella. Yo meto dedos en su culo, la hago gritar más.
Horas así. Él me come el culo, lengua caliente abriéndome. La follamos juntas, dedos en coños mutuos. Finalmente, se corre dentro del condón, gritando en árabe. Nos derrumbamos, sudorosas, pegadas. Fatiga dulce, músculos temblando. ‘Joder… inolvidable’, susurro. Mustapha ronca ya. La vecina me besa: ‘Otra vez?’. Sonrío. Recuerdo el calor de sus pieles, el olor persistente, pollas y coños exhaustos. Mi libido confirmada. Mañana, más.