Estaba sola en el camping, plantando mi tienda bajo el sol abrasador. El aire olía a pino y tierra caliente. Entonces lo vi: un tío guapo, sacando sus cosas dos parcelas más allá. Solo, como yo. Le sonreí y le pinché: ‘¿Primera vez aquí, verdad?’
Se giró, con esa sonrisa cansada pero sexy. ‘Se nota tanto?’ contestó, voz grave que me erizó la piel. Charlamos con unas cervezas frías. Sus manos fuertes abriendo la botella… uf, ya sentía un cosquilleo entre las piernas. ‘Me llamo Lucía’, le dije. ‘Y tú… pareces perfecto para no dormir sola esta noche.’
La tensión que me consumía
Lo invité a la ducha. Me quité todo delante de él, piel sudada contra la suya. Su polla dura rozándome el vientre, aliento entrecortado. ‘Estás tieso’, murmuré, besando su mandíbula. Me plaqueó al muro, pero… ‘Vamos a jugar primero’, dijo con picardía. Pétanque esa noche. ‘Llámame Maestro Pablo mientras.’ Reí, pero mi coño ya palpitaba.
En el torneo, me ponía a cuatro para tirar, bikini azul metiéndose entre las nalgas, cambrando la espalda. Sus rivales se distraían, fallaban tiros. Pablo me susurraba: ‘Más bajo, que vean tus tetas rebotar.’ Sudor perlando mi piel, olor a pastis y excitación. Ganamos fácil. Pero él no cedía. ‘Mañana más.’
Días de tortura deliciosa. En la rivière, desnuda, agua fría lamiendo mi clítoris hinchado. Sus dedos rozándome, pero nada. Mensajes: ‘Estoy empapada pensando en tu polla.’ Me masturbaba en la tienda, gimiendo su nombre, olor a sexo impregnando la tela. Él respondía: ‘Aguanta, que vas a explotar.’ Con otros tíos cerca, me exhibía sutil: falda subida, tetas al aire un segundo. Su mirada me quemaba.
El clímax salvaje y el recuerdo eterno
La razón saltó una noche. ‘Ya no aguanto, Pablo. Fóllame ya.’ Me llevó por el camping: bretela caída dejando mi teta libre, falda arremangada mostrando mi culo desnudo a un pareja, coño expuesto en el dispensador ante chavales. En la escena, de rodillas, masturbándome bajo focos. ‘Soy tuya’, supliqué.
Entramos en su tienda. Luz tenue, calor sofocante. Me arrodillé, polla en la mano, dura como piedra, venas palpitantes. La chupé profundo, saliva goteando, garganta apretada. ‘Joder, qué boca’, gruñó. Me tumbó, lengua en mi coño, lamiendo jugos, clítoris succionado hasta que grité, orgasmo brutal convulsionándome.
Me puso a cuatro, polla embistiéndome de golpe. ‘¡Sí, rómpeme el coño!’ jadeé. Golpes secos, piel chocando, sudor mezclándose, olor a sexo crudo. Me giró, piernas sobre hombros, follando hondo, bolas golpeando mi culo. ‘Córrete dentro’, supliqué. Él aceleró, gruñendo, llenándome de leche caliente mientras yo explotaba, chorros salpicando.
Caímos exhaustos, cuerpos pegajosos, aliento agitado. Me acurruqué en su pecho, tetas sensibles, coño dolorido pero feliz. ‘Ha sido… inolvidable’, murmuré. Durmió abrazándome. Al amanecer, su tienda vacía. Solo su olor en las sábanas, mi cuerpo marcado por él. Sonreí, recordando cada embestida. Me había follado el alma. Y lo repetiría sin dudar.