Confesión caliente: Mi marido devoró mis muslos con la polla tiesa en el salón

Al día siguiente, me puse el vestido rojo a propósito. Sentía sus ojos clavados en mí todo el rato. ‘Me he puesto las medias, claro’, le dije guiñando un ojo. ‘¿Me las enseñas, por favor?’, murmuró con voz ronca. ‘Hum… eso te va a poner cachondo otra vez, ¿verdad, cariño?’. Él insistió: ‘Sí, muéstramelas, muéstrame’. Estábamos de pie en el salón, la luz del mediodía entrando a raudales. De repente, se arrodilló, pegó la cara a mis muslos. Sonreí, mirándolo fijo a los ojos, y subí el vestido hasta el borde de las medias. Sus pupilas se dilataron devorando mi piel desnuda. Nos quedamos así un buen rato, él embobado, yo disfrutando ser vista. Mi coño ya empapaba la tanga, el calor subiendo por mis piernas.

‘Espera, me siento’. Me dejé caer en el sofá, levanté el vestido con las dos manos: primero los gemelos, luego las rodillas, despacito hasta las coxas. Él de rodillas delante, babeando. ‘¿Quieres ver mi tanguita?’. ‘Sí, sí, enséñamela’. Algo me picó dentro. ‘Vale, pero quítate toda la ropa primero’. Se quedó pasmado, rojo hasta las orejas por desnudarse en el salón a plena luz. Dudó, pero se levantó y se lo quitó todo. Cuando bajó los calzoncillos, su polla saltó tiesa, horizontal, el glande brillando de precum. Uf, me moría porque me lamiera ya. Se arrodilló otra vez, ojos fijos en mis muslos al aire. Respiraba entrecortada, los pechos me dolían de lo hinchados, en trance viéndolo desnudo y yo vestida como una puta.

La chispa inicial: Tensión insoportable hasta que la razón se fue al carajo

Sabía que veía el bulto de mi tanga empapada. Se agarró la verga y empezó a pajearse lento. ‘Cariño, oh… ven aquí, por favor…’. Lo entendió al vuelo: quería su lengua en mi coño, la primera vez en el salón así de expuestos. No me dio vergüenza, al contrario. Empujé el culo al borde del sofá, abrí las piernas más, las tiras de las medias tensándose en el liguero negro. Con manos temblorosas subí el vestido hasta la tanga de encaje negro. Dios, él veía mi coño chorreando, y eso me ponía a mil. Bajó la cara entre mis muslos, besándome la piel suave, el aliento caliente rozándome. Lo miraba fijamente, vi su mano subiendo y bajando esa polla reluciente, y me acordé de mi hermano, hum…

‘Pon las dos manos, amor…’. Apartó la tanga de golpe, pero yo quería ternura. ‘Despacio, cariño, lámeme largo rato, porfi’. ‘Sí, todo lo que quieras’. Sentí su polla palpitar contra mi tibia, mojando las medias con su baba. Me incorporé un poco y lo vi: frotándola contra mi pierna, vaivén sutil. Me volvía loca verlo así por primera vez. Poco después, exploté en un orgasmo brutal. Su lengua es de infierno, sabe hacerme esperar, lamer el clítoris justo como me gusta, chupando mis labios hinchados. Me quedé jadeando, flotando.

El clímax brutal: Lengua en mi coño chorreante y su polla explotando

Se irguió despacio, desnudo de rodillas, polla latiendo. Yo, satisfecha pero ya revuelta otra vez. Pasé la mano por mi pelo revuelto, ojos brillantes de placer. Silencio cargado. Sabíamos que él necesitaba descargar. Sonreí dubitativa. ‘¿Quieres pajearte, cariño?’. ‘Sí…’, voz bajita, casi suplicante. ‘Hazlo, amor’. Pero practica como soy, no quería lefa en el sofá. ‘Tienes mucho…’. ‘Sí…’. ‘No lo manches todo, espera’. Deslicé las manos por mis caderas, me quité la tanga delante de él. Sus ojos lujuriosos. La extendí en mis palmas abiertas ante su polla. Cara a cara, yo sentada, él arrodillado entre mis piernas abiertas, esa verga gorda como tercera persona entre nosotros. Obscena, tiesa, glande al aire brillando.

‘Está enorme, como nunca, ten cuidado no salpiques…’. La agarró, destapó más el glande. La mirábamos hipnotizados. ‘Quédate así…’. ‘Ya viene, ya…’. ‘No te muevas, déjala salir sola, verás…’. La soltó, tensa. Vimos cómo tiritaba sola. Acerqué la tanga al glande como un cáliz. Salió leche espesa, lenta como lava por el meato abierto, bajando por el tronco. Luego un chorro fuerte, otro. Recogí todo en la tela, empapando mis manos calientes. Adoré cada segundo, el olor a sexo puro, el calor pegajoso. Repuesta, cansada feliz, el recuerdo quema aún: su lengua en mi coño, su corrida en mi tanga. Quiero más así.

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