Confesión ardiente: sin bragas en la terraza y su polla en mi boca

Ese día de finales de septiembre, el sol aún calentaba la costa. Me puse una falda ajustada, cortita, y una blusa fina que dejaba ver mis pezones duros. Nada debajo, ni tanga ni sujetador. ‘Espera en el salón, mi amor’, le dije mientras me arreglaba en el baño. Salí con tacones altos, las piernas bronceadas brillando. Él me miró con hambre, se acercó para tocarme… pero lo aparté con una sonrisa pícara. ‘Hoy jugamos a algo especial, espera’.

Fuimos al puerto, de la mano, el aire salado en la piel. Nos sentamos en la terraza de un bar lleno de gente, bajo el cielo azul. Yo de espaldas al mar, él frente a mí. Tras las gafas de sol, mis ojos brillaban de malicia. Crucé las piernas despacio… y vi cómo sus pupilas se dilataban. Mi coño rasurado, con un pelito corto, al aire. Labios hinchados, abiertos como un bivalvo jugoso. Me incliné un poco, la blusa dejó ver mis tetas libres, pezones erectos contra la tela. ‘Estoy desnuda debajo, para volverte loco, gatito’.

La tensión que me quemaba por dentro

Su polla se endureció al instante bajo los pantalones. Pidieron cafés. Yo bebí un sorbo, sonriendo, y mientras posaba la taza, metí un dedo en mi coño húmedo. Nadie vio, solo él. Le tendí la mano para que la besara… olía a mi excitación, a sexo puro. ‘No te dejaré llegar a casa sin tocarte’, murmuró él, voz ronca. Asentí, mordiéndome el labio. Al levantarme, noté que la vecina de mesa nos miraba, mejillas rojas. Había visto mi jueguito. Eh… qué morbo.

Subiendo por un camino de pinos, solos pero expuestos, me dejó meter la mano bajo la falda. Dedos en mi coño chorreante, la otra en mis tetas. Yo le besaba con furia, lengua enredada, mientras le masajeaba la polla tiesa por encima del pantalón. ‘Para, o me corro ya’, jadeó. Pero no paramos. La tensión era insoportable, el deseo nos comía vivos. La razón… se fue a la mierda.

Llegamos a casa, directo a la chimenea crepitante. Me tiré en el sofá, falda arriba, dedos abriendo mi coño empapado. ‘Ven, chúpame’. Hundió la cara ahí, labios en mis labios vaginales, suaves como un beso. Olía a miel caliente, mi clítoris hinchado pidiendo lengua. Lo lamió suave, luego lo succionó fuerte. Grité, gemí, ehm… ‘¡Sí, así!’. Mi verga… digo, su polla, dura como hierro. Me puse en 69, saqué su polla gruesa, venosa. La lamí de abajo arriba, glande salado, bolas pesadas. La tragué entera, garganta profunda, mientras él me devoraba el coño.

El clímax salvaje y el dulce agotamiento

Puse su nuca más adentro, cabré, y me corrí en su boca con un aullido. Chorros dulces salpicándole la cara. Él no paraba, lengua follándome. Luego me arrodillé, como una gata en celo. ‘Tu espada de húsar’, le dije riendo, lamiendo cada centímetro. Chupé las bolas, volví al glande, mano masturbando la base. ‘Me voy a correr’, gruñó. Lo frené, lo besé: nuestras lenguas bailando, mi coño oliendo en su aliento. ‘Me encanta oler mi coño en ti’. Bajé de nuevo, polla palpitando. La branqué rápido, lengua en la punta.

No aguantó. ‘¡Me corro, joder!’. Explotó en mi boca, semen espeso, caliente, chorro tras chorro. Lo tragué todo, lamiendo hasta la última gota. Él gritó de placer, cuerpo temblando. Yo me toqué el coño viendo sus bolas vaciarse, y me corrí otra vez, piernas flojas. Nos besamos, su corrida en mi lengua, salada y deliciosa.

Caímos exhaustos, abrazados ante el fuego. Cuerpos sudados, piel pegajosa. El crepitar de las llamas, nuestros jadeos calmándose. ‘Ha sido… increíble’, susurré, acurrucada. Sonrió, besó mi frente. Ese recuerdo quema aún, mi coño palpita solo de pensarlo. Puro éxtasis, sin filtros.

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