Hola, soy Clara, 26 años, rubia natural, 1,71 m y curvas que vuelven locos a los tíos. Criada en familia católica, pero ahora vivo mis deseos sin frenos. Ese julio hacía un calor de cojones. Mis padres se fueron de viaje, yo sola en el piso mientras reformaban la fachada. Obreros en la nacelle, subiendo y bajando. Uno bajó al balcón del salón con pintura. Toqué la ventana entreabierta, y ahí estaba él: Mustapha, tunecino de 44, piel morena, músculos duros del curro. ‘Hola guapa, voy a pintar varios días. Déjame las llaves o ábreme’, dijo con acento grueso. Me puse nerviosa, pero qué remedio.
Al mediodía me eché una siesta en el sofá, con faldita corta y top que deja el ombligo al aire. Me despierto y le pillo mirándome fijamente, sonriendo. Corro a la cocina, roja como un tomate. Su mirada quemaba, olía a sudor y pintura, pero algo me removió dentro. Tuve que pasar por el salón para fregar los platos. ‘Eh, preciosa, perdona si te desperté’, dice. Hablamos, me pregunta mi edad, si tengo novio. ’44 años, soltero, recién llegado de Túnez’. Sus ojos en mis tetas, mis piernas. ‘Eres una flor, guapísima’. Me tiemblan las manos recogiendo vasos, noto su mirada clavada en mi culo.
La mirada que encendió todo
Al día siguiente, salgo en bata de la ducha para abrirle. Sus ojos se abren como platos, ve mis pechos marcados. Los colegas en la nacelle silban, él les grita en árabe riendo. Me quedo charlando, compliments nonstop: ‘Qué piel tan suave, qué piernas’. Me maquillo, elijo un vestidito rosa cortito, string blanco de encaje. Me siento en el sofá, él en la escalera pintando. Charla eterna, me pregunta por mi novio lejos. Cruza las piernas, descruzo, le dejo ver el string. Sus ojos se pegan a mi coño. Juego, abro un poco más. Hace calor, sudamos. Le ofrezco agua fría en la mesita. Nos sentamos frente a frente, yo abro las piernas despacio, él no puede apartar la vista de mi raja bajo la tela.
La tensión es insoportable, mi coño chorreando. Me levanto huyendo a mi cuarto, él me sigue. ‘Eres demasiado guapa, no aguanto’, murmura. Cierro la puerta, pero entra. Retrocedo hasta el cama, caigo de espaldas. Me agarra las piernas, las abre de golpe. ‘No, espera…’, balbuceo, pero él ya me manosea las tetas, sube el vestido. ‘Qué string tan rico’, dice tirándolo. Ve mi coñito depilado en forma de flecha. ‘¡Madre mía!’, gime en árabe. Baja la cabeza, lame mi clítoris con lengua experta. Lametazos lentos, círculos, chupa mis labios hinchados. Huele a mi sexo mojado, su aliento caliente. Gimo, arqueo la espalda. Acelera, me corro como nunca, gritando, temblando entera. Piernas abiertas, coño palpitando.
El polvo brutal y el éxtasis
Se quita la bata, ¡está desnudo debajo! Polla tiesa, gruesa, venosa, más grande que la de mi novio. Saca un condón, se lo pone. Me pone a cuatro patas, culo en pompa. ‘Vas a gozar, puta’, gruñe. Empuja su polla gorda en mi coño empapado. Entra fácil, me llena. Bombea lento al principio, piel contra piel sudada. Acelera, me azota el culo, me jala el pelo. ‘¡Fóllame más fuerte!’, grito yo ya perdida. Palabras sucias en francés y árabe: ‘coño apretado, te voy a romper’. Me folla salvaje 15 minutos, pelotas golpeando mi clítoris. Otro orgasmo me arrasa, chillo como loca, coño contrayéndose alrededor de su verga. Él ruge, se corre temblando dentro del condón, cuerpo pegado al mío, manos en mis tetas.
Quedamos jadeando, su pecho peludo en mi espalda, olor a sexo puro. Oímos la nacelle, un colega grita ‘¡Mustapha!’. Se aparta rápido, se viste, sale sin mirar atrás. Yo recogiendo el string tirado, el paquete del condón. Me siento sucia, pero cachonda. Ducha eterna, frotando su semen fantasma, su saliva en mi coño. Culpa fugaz por mi novio, pero fue puro instinto, placer animal. Cansancio feliz, recuerdos quemando: su polla estirándome, mis gritos. Mañana más obreros… ¿repetiré? Ese polvo me cambió.