Confesión ardiente: Cómo un desconocido me salvó y me folló salvajemente en una villa abandonada

Era mayo en la garriga, el sol se ponía tarde y el aire olía a tomillo seco. Salí con Guillaume, un pijo que me invitó a cenar. Bebí demasiado, no suelo hacerlo. Me llevó a una villa nueva, en obras, al final de un camino pedregoso. ‘Vamos a visitarla’, dijo. La puerta estaba abierta. Intentó besarme, tocarme. ‘No, Guillaume, no quiero follar contigo como con las otras’. Se puso agresivo. ‘Te pago la cena, quítate la ropa’. Me sujetó, rasgó mi camiseta y sujetador. ‘¡Suéltame, cabrón!’. Grité, pero nadie oía.

De repente, una luz fuerte nos cegó. ‘¡Déjala en paz!’. Un tío enorme salió de las sombras, con una linterna y un madero. Guillaume lo encaró, pero el desconocido lo tumbó en segundos: un puñetazo en la cara, una patada en los huevos, rodilla en la nariz. Sangre por todos lados. ‘Quítate la ropa, dame tu móvil’. La chica, yo, temblaba contra la pared. Me hizo fotos al agresor en calzoncillos, y a mí también para pruebas. ‘Racompáñala a casa así, cronometraré’. Se fue humillado, yo aterrorizada pero a salvo.

La chispa que encendió la tensión insoportable

Llegué a casa, el corazón latiendo fuerte. Mi collar de oro, el de mi abuela, desaparecido. El fermoir roto en la pelea. ‘Mierda, tengo que volver’. Me puse un polo sin sujetador, blusa, scooter. La puerta cerrada. Golpeé. Luz otra vez. ‘¿Qué quieres?’. Él, el salvador, con el collar en un sobre. ‘Gracias… no sé cómo pagártelo’. Dudó. ‘Si tanto quieres, tú. Pero vete, o no respondo’. El calor subió. Lo miré. Fuerte, curtido. ‘Si me deseas, aquí estoy’. Me levantó en brazos, piel caliente contra la mía. Me depositó en su saco de dormir. La linterna al lado, sombras suaves.

Me quitó la blusa, vio mis tetas firmes. ‘Sin sujetador…’. Sus manos grandes las amasaron, pezones duros entre dedos. Besó mi cuello, aliento caliente. Yo gemí, bajé su pantalón. Su polla saltó, gruesa, venosa, palpitante. Olía a hombre, a sudor del día. Me besó la boca, lenguas enredadas, saliva mezclada. Subió mi falda, bajó las bragas. Dedos en mi coño ya mojado. ‘Estás chorreando’. Pulgar en el clítoris, frotando circles. Jadeé, arqueé la espalda.

La follada brutal y el éxtasis sin frenos

Bajó la cabeza, lamió mi raja. Lengua plana en el clítoris, chupando suave luego fuerte. ‘Ah… sí…’. Mordisqueó, metió dos dedos dentro, curvados en mi punto G. El olor a sexo llenó el aire, mi humedad en su barbilla. No aguanté, lo atraje. Agarré su polla, guié a mi entrada. Empujó lento, abriéndome. ‘Joder, qué prieta’. Lleno total, estirándome. Empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo y clavándose hondo. Piel contra piel, chapoteo de mi coño.

Aceleró, placaje brutal. Sus huevos golpeaban mi culo. ‘Fóllame fuerte’. Le clavé uñas en la espalda. Sudor goteaba, mezclado. Cambió, me puso a cuatro, entró por detrás. Polla golpeando el fondo, mano en mi clítoris. ‘Me vengo…’. Grité, espasmos, coño apretando su verga. Él gruñó, ‘Toma mi leche’. Chorros calientes dentro, inundándome. Colapsamos, jadeos entrecortados, cuerpos pegajosos.

Apagó la luz. Abrazados, pieles calientes enfriándose. ‘Ha sido… increíble’. Beso suave. ‘Vete, Audrey, antes de que quiera más’. Me vestí, piernas temblando. ‘Gracias… por todo’. Salí al fresco de la noche, el scooter rugiendo. El recuerdo de su polla en mí, el olor, los gemidos… quema aún. Dos días después, vino a entregar la casa. Mis padres. Él, Christian, sonriendo. Nuestras miradas se cruzaron. Sabía. Yo no olvidaré esa noche nunca.

Leave a Comment