Uf, mudarme en pleno agosto fue un error… Sudaba como una puerca, mis tetas pegadas a la piel, el coño resbaladizo entre los muslos. Javier, mi amigo eterno, cargaba cajas en esa sauna. ‘¿Lo dejo en el salón, Carla?’, gritó. ‘Sí, gracias, guapo’, respondí, sabiendo que estaba colado por mí. Pero él… demasiado tierno. Yo necesito hombres duros, con manos ásperas que me rompan.
El piso era un sueño: tres habitaciones, balcón enorme, luz por todos lados. Dos días después, todo montado. Dormí la primera noche en mi cama grande, oliendo a nuevo, con el corazón latiendo fuerte. Pero desde entonces… esos murmullos. Al principio, en la bañera caliente, como voces lejanas. ‘Estás loca, tía’, me dijo Sofía por teléfono. ‘O vino solo, o ratas’. Reí, pero seguían. Noches enteras, susurros detrás de las paredes.
La chispa que encendió el infierno del deseo
Invité a Sofía y Javier a cenar. Mis soufflés de langosta los volvieron locos. ‘Hmm, Carla, brutal’, gimió ella lamiéndose los dedos. Bebimos mucho, mi postre cargado de alcohol. ‘Quedaos’, les dije. ‘Sofía en la habitación de invitados, Javier en el sofá’. Trinamos… y trinamos más.
Me desperté en la noche… o eso creí. Labios en mi boca, suaves pero firmes. Mmm… Estaba soñando, lo sabía, con el vino en las venas. Besos en los pezones, mordisquitos… Ay, joder. Manos bajo mis tetas, en el interior de los muslos, piel tan sensible. Fríos en la nuque, calor entre las piernas. No te despiertes, Carla, no… Tetillas pellizcadas, lengua… ¿lengua? En mi coño, lamiendo despacio. Ooooh, sí, lame… La tensión subía, insoportable. Mi razón gritaba ‘es un sueño’, pero el deseo me ahogaba. Me abrí más, jadeando, sudando. ¡Que se joda la razón! Déjame sentir.
El clímax brutal y el dulce agotamiento
De repente, todo explotó. Manos invisibles me palpaban, chupaban mis pezones duros. Dos lenguas en las tetas, succionando fuerte, y otra en mi clítoris hinchado. ‘¡Sí, joder, lame mi coño!’, gemí en voz alta. El aire caliente olía a sexo, mi humedad chorreando. Brazos retenidos, piernas abiertas de par en par. Sentí el peso… pesado, macho. Una polla dura, gruesa, entró de golpe en mi coño empapado. ¡Aaaah! Profundo, me llenaba hasta el fondo. Embestidas secas, brutales, como me gusta. ‘¡Fóllame más fuerte, cabrón!’, grité al vacío.
Me voltearon como un trapo, boca abajo, culo en pompa. Polla en mi coño otra vez, manos en mis caderas aplastándome. Plaf, plaf, plaf… Olía a sudor, a coño mojado, a semen fantasma. Otra polla en mi boca, follándome la garganta. ‘¡Sí, traga, puta!’, pensé, y obedecieron. Tres agujeros llenos: coño reventado, culo abierto por una verga gorda, boca chupando polla invisible. Embestidas sincronizadas, salvajes. Mis tetas balanceándose, pellizcadas, mordidas. ‘¡Más, llenadme de leche!’, supliqué. Orgasmos en cadena, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer. Semen caliente en mi boca, en mi coño, en mi culo… real, pegajoso, goteando.
Caí exhausta, músculos temblando, piel marcada por manos fantasmales. Fatiga deliciosa, como tras una maratón de sexo. Sonreí en la oscuridad, recordando cada embestida, cada lamida. Al amanecer, Sofía me vio: ‘Tía, pareces follada por un equipo’. Reí. ‘Mal dormí’. Pero quería más. Esa noche, en mi cama, susurré: ‘Volved’. Y volvieron. Mi secreto ardiente, solo mío.