Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Fue ayer, en las calles abarrotadas de esta ciudad infernal, Netel, con el sol quemando todo. Yo, con mi capa roja cubriendo estas tetas que no paran de moverse, buscaba a un herrero legendario. Lacker, decían, el que forja armas para diosas como yo. Entré en su taller oscuro, oliendo a metal caliente y sudor. Él, un tío de unos cincuenta, calvo, piel como cuero, torso desnudo brillando de sudor. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis curvas. ‘¿Qué coño quieres, puta?’, gruñó.
Yo sonreí, quitándome la capucha. ‘Una espada a mi medida, maestro. Pago bien… o con esto’, dije, abriendo la capa un poco, dejando ver mi tanga de cuero y estas ubres pesadas. Él rio, pero vi cómo se le ponía dura la polla bajo el pantalón. Intenté mi truco habitual, agarrarle la entrepierna con magia sexual, pero… nada. Mi poder falló. Mierda, me sentí vulnerable. Él me empujó contra la pared, manos callosas en mis tetas, apretando fuerte. ‘Sin trucos, zorra. Muéstrame si vales’. Su aliento caliente en mi cuello, olor a hombre puro. Mi coño se mojó solo. Presioné mi muslo contra su paquete, frotando. ‘¿Esto te inspira?’, susurré, mordiéndome el labio. Él gruñó, ‘Quítate eso’. La tensión era un puto infierno, el aire espeso, mi piel ardiendo. No aguanté más. Le besé salvaje, lenguas chocando, salivas mezclándose.
La chispa que encendió el fuego
De repente, todo explotó. Me arrancó la capa, el tanga voló con un chasquido. ‘¡Abre las piernas, joder!’, ordenó. Yo salté sobre él, piernas alrededor de su cintura, tetas aplastadas contra su pecho duro. Su polla gorda salió disparada, golpeando mi coño rasurado. ‘¡Métemela ya!’, gemí, bajando de golpe. ¡Dios! Me empaló hasta el fondo, estirándome como nunca. Gritamos juntos. Él me follaba contra la mesa, embestidas brutales, pa-pa-pa, mi culo rebotando. Sudor chorreando, su piel salada en mi boca mientras le lamía el cuello. ‘¡Más fuerte, cabrón! ¡Rompe mi coño!’, chillé. Me mordió los pezones, tirando, doliendo delicioso. Le arañé la espalda, oliendo a sexo puro, ese aroma almizclado que me volvía loca.
El clímax sin frenos y el dulce agotamiento
Me tiró sobre la mesa, piernas abiertas, y me la clavó de nuevo, salvaje. Sus huevos chocando contra mi culo, resbaladizos de mis jugos. ‘¡Voy a llenarte, puta!’, rugió. Yo me corrí primero, chorros calientes salpicando sus muslos, cuerpo convulsionando. Él no paró, follándome como un animal. Al final, me arrodillé, polla palpitante en mi cara. La chupé furiosa, lengua en el glande, tragando venas. ‘¡Dame tu leche!’, supliqué. Explotó, chorros espesos en mi boca, cara, tetas. Tragué lo que pude, el resto goteando caliente.
Después… uf, nos quedamos jadeando en el suelo, cuerpos pegajosos. Él me acarició el pelo, ‘Historia impresionante, preciosa. Te forjaré esa espada’. Yo sonreí, agotada, feliz, coño palpitando aún. ‘Sabía que mi cuerpo te convencería’. Me vestí despacio, piernas flojas, recordando cada embestida, cada gemido. Salí al sol, con su semen seco en la piel, sintiéndome reina. Esa pasión… me cambió. Quiero más.