Confesión ardiente: Mi domingo de deseo salvaje con él

Ay, Dios… Acabamos de volver de esa escapada al campo un domingo por la mañana. Él y yo, solos en la casa vieja con chimenea encendida. Me miró con esos ojos hambrientos y dijo: ‘Quítate todo, despacio’. Mi corazón latió fuerte. Empecé a desabotonar la blusa, sintiendo su aliento caliente en mi cuello. Cada prenda caía al suelo, y él soplaba sobre mi piel, erizándola. Mis pezones se endurecieron al instante. ‘Qué piel tan suave…’, murmuró, rozando mis hombros con los labios.

Me tumbó boca arriba frente al fuego, las llamas lamiendo el aire. Abrió mis muslos con manos firmes. ‘Mira cómo brilla tu coño ya’, dijo, oliendo mi humedad. Sacó esa brocha de cerdas suaves, como de otro mundo. La pasó por mi monte de Venus, despacio, peinando mis pelos con ternura. Subía y bajaba, rozando las ingles, las labios mayores… Un escalofrío me recorrió. ‘Ahh… sí, ahí…’, gemí, arqueando la cadera. La brocha se coló en los pliegues, despertando mi clítoris. Mi respiración se aceleró, jadeos cortos. El olor a sexo femenino llenó la habitación, espeso, animal.

La chispa que encendió el fuego

Entonces, él se bajó los pantalones. Agarré su polla con dos dedos, suave al principio. Deslicé el prepucio, presionando la vena hinchada. ‘Joder, qué dura se pone…’, susurré. Su aliento se cortó, gemidos roncos. La masturbe lento, viendo cómo el glande se ponía brillante, goteando precum transparente. Olía a macho puro, embriagador. Mi coño palpitaba, chorreando. La tensión era insoportable. ‘No aguanto más, métemela ya’, le rogué, la razón volando por la ventana.

Guio su glande a mis labios exteriores, frotando nuestros jugos. ‘Siente cómo te come’, gruñó. Entró despacio, abriendo mi coño centímetro a centímetro. Peleas de piel resbaladiza, caliente. Empujó hondo, y grité: ‘¡Sí, fóllame fuerte!’. Nuestras caderas chocaban, sudorosas. La brocha en mi clítoris mientras me taladraba, ondas de placer. ‘Tu coño aprieta como una puta virgen’, jadeó él. Yo arañaba su espalda, mordiendo su hombro. Salió y entró de nuevo, girando, golpeando el fondo. Mis gritos se volvieron aullidos: ‘¡Más, joder, rómpeme!’. Él aceleró, polla hinchada al máximo. Sentí el orgasmo subir, explosivo. ‘Me corro… ¡ahhh!’, chillé, squirteando alrededor de su verga. Él siguió bombeando, hasta que rugió y llenó mi coño de leche caliente, espesa.

El clímax brutal y el afterglow

Pero no paró ahí. Peló una manzana ácida, cortó gajos finos. ‘Abre las piernas, mi postre’, sonrió perverso. Los metió uno a uno en mi coño rebosante de semen y jugos. Cerró mis labios, brocha de nuevo, lamiendo suave. Me quedé quieta, el calor del fuego cocinando la mezcla dentro. Sudor perlando mi piel, olor dulce y salado. Me dormí un rato, apaciguada.

Desperté con él chupando los gajos de mi coño, jugosos de mis fluidos. ‘Prueba tu propio sabor’, me ofreció uno en la boca. Nos besamos, saboreando manzana, semen y coño. Cuerpos exhaustos, pegajosos. ‘Ha sido… brutal’, susurré, acurrucada en sus brazos. La fatiga feliz nos invadió, recuerdos ardiendo en la piel. Ese domingo… lo repetiría mil veces. Mi cuerpo aún tiembla al pensarlo.

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