Confesión ardiente: Cómo Moby Dick me hizo correrme sin tocarme frente a él

Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Soy Penélope, trabajo en la librería Moby Dick de Octavio, ese exmarino con ojos verdes que me vuelve loca. Ayer, después del café, le confesé que el relato ‘El balcón de señor A’ me había puesto tan cachonda que me toqué tres… no, cuatro veces. Él, con esa voz grave, me dijo que se empalmaba por mí. Lo vi, joder, su pantalón tenso como una tienda de campaña. Me subí a la mesa, piernas colgando, y mis ojos bajaron directo a esa bulto enorme.

—Octavio… ¿estoy yo o el texto? —le pregunté, mordiéndome el labio.

La chispa que encendió el fuego

— Tú, Penélope. Tú me tienes la polla dura como piedra.

Me encendí. Leí un capítulo, mi voz temblaba. La Juliette esa exhibiendo su coño depilado al vecino… Me imaginé en su lugar, en un balcón, mostrando mis tetas a Octavio. Sentí el calor subiendo, mi tanga empapada, pezones duros rozando la blusa. Él me miraba fijo, fumando, y su erección crecía. Paré, sofocada.

—No puedo… me da vergüenza…

Pero él insistió, suave. Seguí leyendo. Mi respiración se aceleraba, el olor a café mezclado con mi excitación. Vi su polla palpitar bajo el pantalón. ‘Oh Dios’, pensé, mi clítoris hinchado, coño palpitando. Casi me corro ahí, mano apretando la falda sin darme cuenta.

La tensión era insoportable. Razón al carajo. Él se levantó la cremallera y… ¡zas! Salió Moby Dick, esa verga monstruosa, gruesa, venosa, apuntando al techo. Olía a hombre, a deseo puro. Me quedé paralizada, boca abierta.

—Octavio… es… enorme…

Se la acariciaba lento, tronco brillante de precum. Yo temblaba, coño chorreando jugos por las muslos. Me acerqué, hipnotizada, arrodillándome. Lamí la punta, salada, caliente. Él gruñó.

—Joder, Penélope, chúpamela…

La engullí, garganta profunda, bolas pesadas en mi barbilla. Su piel ardía, venas pulsando. Me follaba la boca, manos en mi pelo. Saliva goteando, tetas fuera, pezones erectos. Me metí dedos en el coño, tres, bombeando, mientras mamaba esa polla legendaria.

Explosión de placer crudo y sin límites

—No pares… me corro… —jadeó.

Pero lo paré. Me puse de pie, falda arriba, tanga a un lado. Coño rasurado, hinchado, abierto. Me senté en la mesa, piernas abiertas.

—Fóllame, Octavio. Métemela ya.

Empujó, brutal. Su polla me partió en dos, fondo de útero. Grité, uñas en su espalda. Me taladraba, rápido, huevos chocando mi culo. Sudor goteando, olor a sexo llenando la librería. Mis tetas botando, él chupándolas, mordiendo pezones.

—Tu coño aprieta como puta… ¡qué estrecha!

Cambié posición, perra contra la mesa. Me embistió salvaje, mano en mi clítoris frotando. Orgasmo me pilló, coño convulsionando, chorros salpicando suelo. Él rugió, sacó la polla y eyaculó chorros calientes en mi cara, tetas, barriga. Leche espesa, pegajosa, oliendo a victoria.

Caímos exhaustos, respirando agitados. Su semen chorreando por mi piel, mi coño palpitando aún. Me besó, suave ahora.

—Penélope… ha sido…

—Increíble. Nunca me corrí así.

Nos limpiamos riendo, cuerpos pegajosos. Ahora, cada vez que veo un libro erótico, recuerdo su polla dentro, ese clímax brutal. Fatiga feliz, deseo eterno. Quiero más.

Leave a Comment