Confesión ardiente: Mi primer trío real con mi marido y un semental negro

Era un sábado de los ochenta, sin móviles ni internet, solo nosotros dos en la cama. Me acurruqué contra el cuerpo caliente de Nacho, mi marido. Su mano bajaba por mi vientre redondito, rozaba mi monte de Venus hinchado… Uff, ya sentía su polla dura contra mi culo. Le dejé jugar con mis tetas, pellizcando los pezones que se ponían tiesos al instante. Olía a su piel sudada, a sexo matutino.

—Amor, ¿y si lo dejamos para la siesta? —me susurró, con la voz ronca—. Tenemos compras…

La chispa que encendió el fuego

Me reí bajito, excitada. Rara vez era yo la que proponía, pero hoy… quería más. Le dejé meter un dedo en mi raja húmeda. Pero paramos. La mañana se hizo eterna, en el supermercado vacío, fantaseando con dos pollas en mí. Por la tarde, tras comer, me eché en la cama con una camisola fina. Nacho entró sigiloso. Nos besamos, sus manos everywhere: tetas, culo, coño chorreando.

Me puse a cuatro patas, arqueando la espalda. Su dedo se coló en mi surco… ¡Y lo encontró! —¡Joder, tienes un plug en el culo!

—Sí… para sentir dos tíos follándome a la vez —gemí, maliciosa.

Se volvió loco, mordisqueando mis nalgas carnosas. La tensión subía, mi clítoris palpitaba. Saqué el plug, pero no… Quería su verga ya. Me giré, abrí las piernas. Él se hundió en mi coño empapado, sintiendo el plug a través de la pared fina. ¡Pum! Empezó a bombear como un animal, gruñendo.

La razón se fue a la mierda. Olía a sudor, a coño mojado, su aliento corto en mi cuello. Necesitaba más.

De repente, aplaudió dos veces. La puerta… Un negro enorme, musculoso, apareció. ¡Marcus! Nacho lo había planeado con un club swinger. Yo, casi desnuda, boquiabierta.

—Nadia, él es Marcus. Para tu fantasía.

El clímax salvaje y el éxtasis compartido

Temblaba, pero su piel oscura, su voz grave… Me tocaron los dos, besos en cuello, tetas, culo. Mi coño ardía. Lamí su polla circuncidada, gorda, venosa. ¡Dios, qué sabor musgoso! Me la tragué entera, chupando hasta que explotó en mi boca. Tragué su leche espesa, caliente.

Luego, él me penetró vaginal, despacio. ¡Joder, qué llena! Nacho me animaba. —¡Fóllatela fuerte!

Grité al correrme, su verga me reventaba el coño. Sperma goteando… Pero no paró. Se lubricó con su propia leche del sábana, me mandó sentarme en su polla… ¡Por el culo! Bajé lento, el glande abriéndome el ano. Dolor-placer, mirándolo a los ojos. Toda dentro, el culo ardiendo, lleno.

Nacho entró por delante. ¡Doble penetración real! Sentía sus pollas frotándose dentro, separadas por una membrana fina. Sudor, gemidos, olor a sexo crudo. —¡Soy vuestra puta! ¡Reventadme el coño y el culo! —chillaba yo, perdida.

Nos movíamos sincronizados, bestial. Me corrí tres veces, squirteando, gritando hasta ronca. Ellos eyacularon juntos, llenándome de leche caliente por delante y detrás. ¡Explosión total!

Caímos exhaustos, cuerpos pegajosos. Yo, flácida, feliz, con semen chorreando de mi coño y culo destrozados. Marcus besó mi mano: —Volveré, zorrita.

Nacho me abrazó: —Mi salope adorada…

Aún siento el ardor, el vacío placentero. Aquel sábado cambió todo. Ahora ansío más tríos, más pollas. Fue… perfecto.

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