Estaba en ese bar cerca de la Contrescarpe, en París, rodeada de estudiantes cachondos. Yo, con mi coleta tirante, gafas gruesas y curvas que no caben en una pasarela, pero con una sonrisa que derrite. Lo vi solo en la esquina, con la mirada perdida, como si su mundo se hubiera apagado. Parecía preocupado, bebiendo su pinta despacio. Me acerqué, ‘¿Puedo?’, le dije señalando el sitio. Él sonrió, tímido. ‘Claro, ¿qué te pongo?’. Pidió lo mismo que yo, cerveza pura, nada de mariconadas.
Hablamos. Era Pierre, francés culto, me recitó a Majakovski: ‘¿Queréis que cambie como el cielo todos mis tonos?’. Me iluminé. Poesía rusa, mi tesis. Akhmatova, Mandelstam… La noche voló. Sus ojos me devoraban, pero notaba su tensión. Jean, su amigo, pasó y susurró algo, riendo. Pierre se picó. Me tocó el brazo, suave al principio. Su piel ardía. ‘Ven conmigo’, murmuró. Salimos, el aire fresco de primavera nos golpeó. Caminamos hasta mi piso, callados, pero el deseo crecía. En la puerta, me besó. Duro, hambriento. Sus manos en mi culo grande, apretando. ‘No sé si puedo…’, balbuceó. ‘Shh, déjame a mí’, respondí, metiendo la llave.
La chispa que encendió el fuego
Ya dentro, la habitación olía a jazmín y sudor viejo. Nos desnudamos torpes. Él, elegante, yo, con tetas caídas y caderas anchas. Me miró dudando. Su polla… flácida, como un gusano triste. ‘No pasa nada, amor’, le dije, arrodillándome. La tensión era insoportable, mi coño chorreaba ya. Su aliento corto, mi corazón latiendo fuerte. Lamí su cuello, bajé despacio. Olor a hombre, salado. Su piel caliente bajo mis labios. Él gemía bajito, ‘Joder, Christine… no sé…’. Yo insistí, besando su vientre, sus muslos. La razón se iba, solo queríamos follar.
La explosión de placer sin frenos
Le metí la polla en la boca, suave al principio. La chupé lento, lengua alrededor del glande flojo. Él jadeaba, manos en mi pelo. ‘¡Dios!’, gruñó. La sentí endurecerse poco a poco. ¡Sí! Se ponía tiesa, venosa, enorme. La mamé con hambre, profunda, saliva goteando. Él empujaba caderas, follando mi boca. ‘Para… quiero tu coño’, rugió. Lo tiré en la cama, monté. Mi coño húmedo rozó su polla dura. La froté, resbaladiza. ‘Fóllame ya’, supliqué. Bajé de golpe, empalada. ¡Joder, qué llena! Su polla gruesa me abría, golpeando el fondo. Reboté salvaje, tetas botando, sudor mezclándose. Él me agarró las caderas, clavándome fuerte. ‘¡Más duro!’, grité. Me volteó, perra en cuatro. Me embistió brutal, polla entrando y saliendo, coño chorreando jugos. Olor a sexo puro, pieles chocando, slap-slap. Me metió dedos en el culo mientras follaba, yo exploté: ‘¡Me corro! ¡Sí!’. Chorros calientes, temblando. Él no paró, me dio la vuelta, piernas en hombros. Bombeó como loco, huevos golpeando mi culo. ‘¡Toma mi leche!’, aulló, llenándome, semen caliente inundando.
Caímos exhaustos, pegados, sudorosos. Su pecho subía y bajaba, mi coño palpitando aún con su corrida dentro. ‘Nunca… así’, murmuró, besándome el cuello. Yo reí suave, acariciando su polla floja ahora, satisfecha. ‘Fue… perfecto’. Dormimos abrazados, olor a sexo impregnado. Al día siguiente, desayuno, besos. Su mirada nueva, viva. Ese recuerdo quema aún: su polla despertando en mi boca, follada brutal, felicidad pura. París nunca fue tan caliente.