Ay, Dios… aún siento el calor en la piel. Esta mañana, como siempre, me desperté antes que él. Preparé los nudos yo misma, la cuerda áspera rozando mis rodillas. Él se levantó, me miró con esos ojos que me derriten, y dijo: ‘Atate’. Mi coño ya palpitaba.
Primero el nudo en la rodilla izquierda, apreté justo, metí dos dedos para chequear. La até al pie de la mesa, cerca de su silla. Él observaba, su mirada quemándome. Luego la cheville izquierda, después la derecha. Mis muslos se abrieron solos, expuesta como una perra en celo. Sentía el aire fresco en mi coño húmedo, el olor a sexo empezando a flotar.
La tensión que me quemaba por dentro
Lento, saboreando cada segundo. Sabía que la espera lo ponía duro. Último nudo, verifico… ya no podía mover las piernas. Manos libres aún, pero él se acercó con la silla. Agarré las barras metálicas debajo del asiento. Clic del primer candado en mi brazalete izquierdo. Mi clítoris latió fuerte, me mojé más. Segundo clic… atrapada. Solo él podía soltarme. Su poder me volvía loca.
Se sentó, bajó el pantalón del pijama. Su polla semi-dura, gruesa, oliendo a hombre. Avanzó la silla, abrí la boca. La cabeza rozó mi lengua, luego el fondo de mi garganta. Mi nuca contra la tabla de la mesa, no podía retroceder. Pánico un segundo, tiré de las cuerdas… nada. Temblaba, pero lo miré. Sus ojos me calmaron. Confío en él ciegamente.
Empecé a mamar, lengua girando en el glande, succionando suave. Él tomó su desayuno, café con leche, removiendo. Su polla creció en mi boca, llenándome. Respiraba por la nariz, controlando arcadas. Gárgaras profundas, saliva chorreando. Él gruñó bajito, ‘Bien, puta’. Mi coño goteaba al suelo.
De repente: ‘Olvidaste la miel’. Me congelé. Joder, la voz decepcionada. Se retiró, su polla salió babosa. Me quedé ahí, temblando de rabia conmigo misma. Se levantó, agarró el tarro, volvió. ‘Sigue’. La metí de nuevo, más fuerte, desesperada por complacerlo.
El clímax salvaje y el castigo dulce
La chupaba como loca, dientes rozando suave la vena, lengua en los huevos. La giraba contra mi mejilla, luego garganta hondo. Él comía en silencio, ignorándome. Solo su polla tiesa, palpitando, me decía que le gustaba. Gemí alrededor de ella, vibrando.
Fin del desayuno. Se levantó de golpe. Yo quieta, frustrada, sin su leche. ‘Mala chica’. Me dejó sola, atada, coño ardiendo. Minutos eternos, lágrimas picando, pero no llamé. Merecía el castigo. Su desprecio dolía más que un latigazo.
Volvió. Silencio. Quitó los candados, tiró las cuerdas. Salí gateando, aún en cuatro. Me abrazó fuerte. ‘Ya pasó, mi puta buena’. Su olor me invadió, piel caliente contra la mía. Besos en la frente, mano en mi espalda. Temblores se fueron, paz dulce.
Lo miré, sonrió. ‘Ahora fóllame’, susurré. Me tumbó en la mesa, polla dura entró de un golpe en mi coño empapado. Follando brutal, mis tetas rebotando, uñas en su espalda. ‘¡Más fuerte, amo!’. Eyaculó dentro, caliente, llenándome. Yo corrí gritando, piernas temblando.
Ahora, agotada, feliz. Su semen gotea aún. Recuerdo cada roce, cada orden. Quiero más.