Ay, chicas, no sabéis lo que me pasó la otra noche. Soy Sandra, tengo veinticuatro, estudio horticultura y vivo con mis viejos en una casa cutre al final de la calle de las Almendras. No soy una belleza de revista, lo sé: tetas pequeñas, culo ancho, cara con granitos… pero tengo fuego dentro. Todo empezó en el bar de al lado, donde trabaja Paqui, la hija de los dueños. Esa tía es un pedazo de mujer, con sus cien kilos y ese culo XXL que hace babear a todos. Yo y mi amiga Lyne la vacilábamos siempre.
El tipo, Sebastián, un cuarentón con pelo canoso, venía cada tarde a emborracharse. Se le notaba cachondo por Paqui, la miraba como un lobo. Un día, le dimos su móvil en una nota y le llamamos de coña. ‘¿Eres el viejo sátiro?’, le dije riendo con las otras. Le pusimos la dirección y vino, el tonto. Pensábamos reírnos, pero cuando llegó, algo cambió. Paqui y Lyne lo zarandearon, pero yo… yo me quedé mirándolo. Me tocó a mí primero, tirada a suertes. Me quité la falda, sin bragas, coño expuesto, pero él no se empalmó. Fue un alivio, chicas, porque estaba muerta de vergüenza. Se fue cabreado, pero nos cruzamos las miradas… había chispa.
La chispa que encendió el fuego
Semanas después, en la feria, lo vi. ‘¡Sebastián!’, le grité. Estaba solo, triste. Mis hermanos se piraron y charlamos. ‘Gracias por lo del otro día, no me aprovechaste’, le dije. Él, ruborizado: ‘Eh… no fue nada’. Le di mi número. Tardó treinta y seis horas en escribir. ‘Hola Sandra, ¿qué tal?’, típico lento. Le vacilé: ‘Pensé que te había dado igual’. Insistí, pizza esa noche en Marceau. Fui con mi vestidito simple, nerviosa. Me trajo flores. ‘Perdóname por tardar’. Lo besé fuerte: labios calientes, lengua jugosa. ‘Esto sí que es mejor’, gemí.
Cena genial, risas. Paseamos, besos interminables. ‘Podemos dormir sin follar’, dijo, pero su polla ya asomaba en el pantalón. En su casa, Martini en mano, me abrazó. ‘Déjame desnudarte despacio’, susurró. Sus manos temblaban en mis tetas pequeñas. ‘Son sensibles…’, jadeé. Lamía mis pezones duros, mordisqueaba suave. Yo, empapada, olor a coño caliente llenando el aire. Le bajé los pantalones: polla gruesa, venosa, palpitante. ‘Joder, qué grande’, murmuré. La tensión era insoportable, el corazón latiendo fuerte, piel sudada pegándose. La razón saltó: ‘Fóllame ya’.