Desde que nos mudamos a este pueblito, me llevo bien con los vecinos. Vivo sola, sin coche, y Fran, el de al lado, siempre me echa una mano. Hace un mes y medio me rompí la muñeca, el brazo en cabestrillo, y no podía ni peinarme. Esa noche, su mujer Elisa, partera, estaba de guardia en el hospital a 35 km. Él vino a ayudarme con la cena, pero… ay, qué noche.
Le invité a café en la cocina. Charlamos. Le pedí ayuda para teñirme el pelo, raíces grises asomando en mi melena castaña corta. ‘¿Te importa?’, le dije. Sacó vino blanco del frigo, brindamos. Preparé todo en el baño: toallas, peines, espejo grande frente al fregadero. Me puse bata, cabeza atrás, agua tibia mojándome el pelo. Él me lavó, masajeó el cuero cabelludo… Uf, cerré los ojos, gemí bajito. ‘Qué bien lo haces, Fran’, susurré. Olía a champú dulce, su aliento cerca. Noté su polla dura rozando mi hombro. Se mojó la camiseta con la alcachofa, juró, se la quitó. Torso desnudo, bulto enorme en los pantalones. Me reí. ‘Parece que alguien se divierte’, le dije, mirándole la erección.
La chispa que encendió todo
Se puso rojo. ‘Tu pelo… me pone’, balbuceó. Le animé a seguir con el tinte. Manos en mi nuque, temblando. Bebí vino, preguntas picantes: ‘¿Cómo follas a Elisa? Oigo todo por las paredes finas’. Él respondía sí/no, rojo como tomate. ‘¿Vuelve mañana?’, ‘A las seis’. Terminé el tinte, enjuague, bata fuera, blusa húmeda. La quité, sujetador blanco. Se me marcaban los pechos pesados. Secándome el pelo, ojos cerrados, él miró mis tetas, muslos. ‘¿El vello de la concha es del mismo color?’, soltó. Abrí ojos. ‘¿Quieres ver?’. Alcé cadera, falda y braga abajo. Coño peludo, pelos grises. ‘¿Lo tiño o lo afeito?’, dijo. Loción acabada. ‘Aféitame’, reí, excitada.
Fui a su baño por tijeras y maquinilla. Volví, me quité sujetador, tetas libres, pezones oscuros duros. A la cama, piernas abiertas, copa en mano. Él cortó pelos, finos, pubis asomando. Labios morados, gruesos. Mousse, maquinilla… Deslizándose, corazón latiendo. Enjuague suave, toalla. Coño liso, abierto, húmedo. ‘Más bonito así’, murmuró, dedos en muslos, abriendo labios, dedo dentro. Gemí fuerte. Lengua en labios, clítoris hinchado, grande. Lamí su sabor salado, él chupaba voraz. Agarré su cabeza, caderas arriba, grito ahogado. ‘¡Sí, joder!’.
El polvo brutal y sin límites
Me toqué el pubis liso, masturbándome, ojos cerrados. Él se desnudó, polla tiesa, gruesa. Beso primero, lengua juguetona, aliento a vino. Mano en mi coño acelerada, tetas subiendo, orgasmo con gemidos en su boca. Mano a su polla, huevos pesados. ‘Ven a mi boca…’, susurré. Polla en mejilla, pelo, labios. Calor húmedo, lengua en glande. Gemí, manos en huevos, suaves, brutas. ‘Para o me corro’, jadeó. Seguí, tragué todo. Corrida caliente, burbujas en labios, tragué, polla brillante.
Sudados, calientes. ‘¿Mejor que Elisa?’, pregunté. ‘Sí, mucho mejor’, besó. Polla dura otra vez. La guio a mi coño liso. Entró despacio, quieto dentro, latidos juntos. Follando lento, manos en tetas, culo, nuca. Piel madura caliente, sudorosa. ‘¡Fóllame fuerte!’, grité. Él aceleró, embistes profundos, coño chorreando. Orgasmes míos uno tras otro, gritos. ‘Elisa no oye, aprovéchalo’. Dormimos hasta alba, él se fue antes.
Al día siguiente, Elisa: ‘¿Ayudaste a Juana?’. ‘Sí, aburrido, el tinte’. Risas. Por la noche, llamé a Fran. Beso en puerta, directo a cama. Sus turnos facilitan. Hablamos de ella, culpa leve, pero no paramos. Mi coño liso ansía su polla. Durará lo que dure.