Confesión: El ciclista que me abrió el culo y el coño sin piedad

Dios, aún tengo el cuerpo temblando. Iba en el arcén de la carretera, cerca de mi casa en el pueblo, cogiendo flores bajo el sol de la mañana. La falda ligera se me subía un poco con la brisa, notaba el aire fresco en las piernas. De repente, veo pasar a toda velocidad a un ciclista. Alto, musculoso, sudado como un animal. Se gira, grita algo de ‘¡qué flor tan bonita!’ y yo, riendo, le respondo ‘¡Gracias, campeón!’. No sé qué me pasó, pero frena en seco, da la vuelta y se para delante de mí.

Era guapo, ojos intensos, pelo corto mojado de sudor. ‘Insisto, ¡eres una flor preciosa!’, dice sonriendo. Le invito a un zumo de naranja para refrescarse. Entro en casa delante de él, el corazón latiéndome fuerte. Me siento en el sofá frente a él, cruzo y descruzo las piernas adrede, notando cómo me mira las muslos. ‘¿Te gusta lo que ves?’, pregunto juguetona. Se pone rojo, pero admite que sí, que pasé demasiado rápido antes.

La chispa que encendió el fuego

Me levanto, me giro, me inclino buscando un periódico detrás del sofá. La falda se sube sola… pero yo la remonto más, poquito a poco. Siento sus ojos clavados en mi culo desnudo. No llevo bragas, ¿para qué? La piel blanca, suave, el surco apretado… ‘No te muevas, así estabas’, murmura con voz ronca. Remonto más, abro las piernas un poco. Él gime: ‘Joder, qué espléndido…’. Mi coño ya palpita, húmedo, oliendo a deseo. Ve los pelos rubios asomando, el ano guiñándome. Mi respiración se acelera, el calor sube. No aguanto más, pongo una rodilla en el sofá, abriéndome del todo. Culo y coño expuestos, crudos, listos.

Se acerca sin tocarme aún. Siento su aliento caliente en las nalgas. Sus labios rozan mi ano… ¡Un beso! Gimo bajito, ‘¡Sí…!’. Me lame el culo entero, lengua plana, húmeda, salivosa. El agujerito se abre solo, elástico, tragando su lengua. ‘¡Me estás enculando con la lengua!’, jadeo. Él responde: ‘Sí, te enculo rico…’. Empujo hacia atrás, abriéndome más. Ralos de placer, mi coño chorrea solo.

Ve un escobón en la esquina. Lo coge, me lo mete en la boca primero. Lo chupo como una polla gorda, baba por todos lados. Luego, detrás de mí, roza mi coño abierto con la punta. ‘¡Empálate tú!’, dice. Me muevo despacio, metiéndomelo hondo. ¡Qué fullness! Va y vengo, follándome sola, el mango liso entrando y saliendo de mi coño empapado. ‘¡Bájate bien, viciosa!’, me anima, su polla ya fuera, enorme, tiesa. Casi me corro, pero él: ‘No, espera, quiero tu culo primero… y que me pajes.’.

Explosión de placer crudo y sin tabúes

Saco el escobón, chorreante. Me pongo de rodillas en el sofá, él delante. Bajo sus pantalones de ciclista: polla recta, venosa, huevos pesados, glande rojo brillante. La agarro, subo y bajo el prepucio despacio. ‘Me encanta destaparla…’, digo. La pajeo firme, mirándole a los ojos. Su polla palpita en mi mano caliente, pre-semen goteando. De pronto, suena el teléfono.

Cojo el auricular sin soltar la polla, pajeándola más rápido. ‘¿Sí?’, digo ronca. Es mi vecina Laure: ‘¡Hola, cariño! ¿Qué haces?’. Pongo altavoz, él asiente excitado. ‘Estoy pajando una polla enorme, Laure… caliente, dura…’. Ella gime: ‘¡Qué suerte! ¿Me uno?’. ‘¡Ven ya!’. Cuelgo y engullo el glande, chupando voraz. Su polla sabe a sudor y hombre, mis labios estirados.

Laure llega en minutos, pero ya estamos perdidos. Me folló el culo con dedos mientras la pajaba, luego su polla entró en mi coño de un empujón. Nos corrimos juntos, gritando, sudor mezclado, olor a sexo puro. Ahora, exhausta en el sofá, piernas flojas, coño y culo palpitando, recuerdo cada lamida, cada embestida. Fue brutal, adictivo. Quiero más… siempre más.

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