Ay, chicas, estoy aún jadeando al recordarlo. Soy Vero, enfermera en un centro para chicos con problemas mentales. Tres noches de guardia sin dormir, sudando con el calor, calmando a los locos que no paraban quietos. Mi hijo jugaba baloncesto, pero él está malo, así que yo llevo al equipo. Veinte kilómetros hasta el pabellón. Dejo la furgoneta en el fondo del parking, bajo el asiento, cierro los ojos… y zas, sueño profundo.
De repente, golpes en la ventanilla. Me incorporo, la cabeza pesada, la falda veraniega subida hasta las bragas. Miro… es Didi, el flaco tímido del equipo. No es como los otros machos grandotes, es bajito, delgadito, siempre callado. Bajo el cristal. Él se mueve nervioso, ojos fijos en mis muslos. ‘¿Qué pasa, Didi? ¿Dónde están los demás?’ Balbucea: ‘Eeeh… el partido se anuló. Se fueron con unos colegas a la playa, me dejaron aquí. Dijeron que espere contigo, que… que aproveche, que estás buenísima.’
La chispa que enciende el fuego
Me río por dentro. Pobre, lo usan de relleno y lo joden. Mi escote deja ver tetas generosas, pezones duros por el aire. Él aparta la mirada, rojo como tomate. ‘Venga, sube. Vamos a un sitio chulo, sin esos idiotas.’ Me guía a un camino de tierra, subimos una colina. Zapatos de tacón, falda corta… me agarro a su brazo. Sudor en su piel, cálida, oliendo a hombre joven. Llegamos a una valla de alambres. ‘Quítate el vestido para pasar’, dice práctico. Me lo saco, quedo en bragas y sujetador. Tetas rebotando, culo expuesto. Él traga saliva, pero me ayuda, mano en mi espalda baja, rozando el tanga. Paso, él pasa… ve mi coño a través de la tela transparente. Mis pezones se endurecen más.
Nos sentamos en la manta, vista al mar, sol quemando. ‘Quítate la ropa, Ferdinand, no Didi. Relájate.’ Se desnuda torpe, slip abultado poco. Hablamos. Confiesa: polla pequeña, no tiene novia, chicas quieren machos. Le cojo la mano. ‘Yo te ayudo.’ Tensión insoportable. Su piel caliente contra la mía. Olor a sudor mezclado con mar. Mi coño palpita, húmedo. La razón… puff, se va a la mierda.
El clímax brutal y el dulce aftermath
Le bajo el slip. Polla chiquita, pero tiesa, rosada. La acaricio suave. ‘Mira, no importa el tamaño.’ Besos en mejillas, labios rozando. Me quito el sujetador, tetas libres, pesadas. Él las toca temblando: ‘Dios, Vero… tan suaves.’ Gimo. Le mamo la polla, lengua en el capullo, saliva chorreando. Él jadea: ‘¡Joder! ¡No pares!’ Me monto encima, coño chorreando jugos en su verga. La meto… entra fácil, roza mi clítoris. Cabalgo salvaje, tetas botando en su cara. ‘¡Fóllame, Ferdinand! ¡Sí!’ Él empuja débil pero ansioso. Olor a sexo fuerte, sudor goteando. Me corro gritando, coño apretando su polla. Él explota dentro: ‘¡Me vengo! ¡Aaaah!’ Semen caliente llenándome, poquita pero ardiente. Brutal, sin filtro.
Caemos exhaustos, pegados, sol calentando culos y espaldas. Aliento corto, risas nerviosas. ‘Gracias, Vero… ahora sí puedo con Claire.’ Le beso. Bajamos, volvemos tarde. Los colegas flipan viéndonos cómplices. Al día siguiente, mensaje: ‘Cita con Claire. Eres la mejor.’ Sonrío, coño aún recordando esa polla pequeña que me hizo volar. Fatiga feliz, piel marcada por su boca. Quién iba a decir…