Confesión: La lluvia, el taxi y el detective que me hizo correrme como nunca

Dios, acabo de volver de Chicago y aún tiemblo recordándolo. Soy Jennifer, hija de un mafioso mexicano, pero eso da igual. Llovía a cántaros, salí corriendo de un diner cutre donde devoré unas fritas grasientas. El agua me calaba hasta los huesos, mi vestido se pegaba a la piel, marcando mis pezones duros y mis piernas largas. Vi un taxi, grité, pero resbalé en el arroyo como una idiota.

De repente, él apareció. Don Booth, detective privado, alto, mojado, con esa mirada hambrienta. ‘¡Es mío!’, rugió, pero se metió a mi lado en la banquette trasera. Nuestros cuerpos chocaron, su muslo contra el mío, caliente, firme. Olía a hamburguesa y hombre sudado. ‘Perdona, preciosa’, murmuró, su aliento en mi cuello. Sentí su polla endurecerse contra mi cadera. Ay… tragué saliva, mi coño empezó a palpitar, húmedo ya.

La chispa que encendió el fuego

‘Jennifer Vasquez’, dije, voz ronca. Él tragó fuerte. ‘Huyes de tu padre, ¿eh? Te protejo’. Sus ojos bajaban a mis tetas, a mis piernas interminables envueltas en medias empapadas. El taxista arrancó, pero el mundo se redujo a nosotros. Mi mano rozó su paquete por ‘accidente’, enorme, latiendo. ‘Joder, Don…’, gemí bajito. Él jadeó, apretó mi muslo. ‘No aguanto más’. La tensión era insoportable, el aire cargado de olor a sexo inminente. La razón se fue a la mierda cuando me besó, lengua invasora, manos subiendo mi falda.

Llegamos a su oficina, pero no entramos. Una asiática tetona, Sixmartini, nos esperaba, desnuda casi, pechos como melones colgando hasta la cintura. ‘¿La salvadora?’, rió Don, polla ya fuera, tiesa como hierro. Ella se arrodilló ante él, pero yo la empujé. ‘Mía primero’. Le bajé los pantalones, su verga saltó, venosa, goteando precum. La chupé voraz, lengua girando el glande, aspirando hasta la garganta. ‘¡Joder, Jennifer! ¡Qué boca!’, gruñó, manos en mi pelo.

Six se unió, lamiendo sus huevos peludos. Yo mamaba la polla, ella las bolas, succiones ruidosas, saliva chorreando. Don temblaba, ‘Me corro…’. Pero aguantó. Me tumbó en el sofá, falda arriba, tanga rota. ‘Tu coño brilla, puta mojada’, dijo, frotando su punta en mis labios hinchados. Entró de golpe, ¡zas!, estirándome hasta el fondo. ‘¡Aaaah! ¡Fóllame duro!’, chillé. Embestía brutal, piel contra piel chapoteando, mi clítoris frotando su pubis. Six se sentó en mi cara, coño asiático depilado chorreando jugos salados. Lamí su raja, lengua en su ano apretado, mientras Don me taladraba.

El clímax sin frenos y el dulce agotamiento

Cambiamos: yo a cuatro patas, Don en mi coño, Six chupándome las tetas, mordiendo pezones. ‘¡Más profundo, cabrón!’, exigí. Él aceleró, huevos golpeando mi culo, olor a sudor y coño impregnando todo. Six metió dedos en mi culo, ‘¡Relájate, zorra!’. Gemí ahogada, orgasmo building. Don sacó, ‘¡Abre la boca!’, y eyaculó chorros calientes en mi garganta, tragando todo, amargo y espeso. Six montó su polla aún dura, rebotando, tetas azotando aire. Yo lamí su unión, polla entrando-saliendo, jugos mezclados.

Don la folló hasta correrse dentro, semen goteando. Yo acabé masturbándome, dedos en mi coño chorreante, squirt salpicando. Tres orgasmos brutales, cuerpos sudados enredados.

Ahora, exhausta en la cama del hotel, piernas temblando, coño dolorido y satisfecho. Recuerdo su polla palpitando en mi boca, el sabor de Six, los jadeos roncos. Fue pasión pura, sin tabúes. Mañana vuelo a Brasil, pero esta noche… dios, qué quemazón en el recuerdo. Quiero más.

Leave a Comment