Confesión ardiente en el Museo del Erotismo: atada y follada sin control

Dios, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Mi marido me llevó al Museo del Erotismo un agosto caluroso en París. Pocos visitantes, sol radiante afuera. Llevaba una falda roja de algodón ligera, hasta medio muslo, zapatos de tacón bajo que realzaban mis piernas desnudas. Arriba, un jersey azul fino de cachemira, escote en V, sin sujetador. Mis tetas se marcaban perfectas, pezones un poco duros por el aire acondicionado. Él quitó su chaqueta, la llevaba al brazo. Estábamos solos, o eso creí.

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Subimos al segundo piso. Pinturas de desnudos, fotos fetish. De repente, un tío solo, alto, guapo joven, frente a una vitrina con figuritas eróticas. Mi marido se alejó un poco, fingiendo mirar fotos. Yo me acerqué por curiosidad. La vitrina era estrecha, nos rozamos. Él levantó la vista, sonrió. Yo respondí con una sonrisa tímida. ‘Qué putas escenas, ¿no?’, murmuró. ‘Sí… impactantes’, contesté, voz baja, sintiendo su mirada en mi escote mientras me inclinaba. Intentaba ver mis tetas, lo noté. Calor subiendo por mi piel, pezones endureciéndose más.

La chispa que enciende el fuego

Se acercó tanto que su brazo rozaba el mío. ‘Mira esa, la zorra atada…’, dijo señalando. Reí nerviosa. Hablamos de las figuritas, pero su mirada bajaba a mis piernas, a la falda que se subía un poco. Mi marido nos observaba de lejos, sonriendo. El tío me tocó la cintura para señalar una estatua. No me aparté. ‘¿Te gusta esto?’, preguntó. ‘Un poco… me pone caliente’, admití, ruborizada. Insistió, mano en mi cadera. Bajamos la guardia. Subimos al último piso, exposición de bondage. Fotos de mujeres atadas, cuerdas, esposas. Yo odiaba eso, o eso decía, pero el corazón me latía fuerte.

Me abrazó de repente, intentó besarme. Me esquivé, riendo. ‘¡Ey, qué haces!’ Pero él insistió, mostrándome fotos hardcore. Reía, excitada. Mi marido apareció: ‘Bajo a ver un vídeo’. Asentí, el tío me tenía cogida por la cintura. Desapareció. Nos quedamos solos frente a un maniquí en guêpière roja, tetas al aire. Intentó besarme otra vez. Esquivé, pero flojo. En un rincón, esposas de cuero, cuerda, collar. Las cogí, curiosa. ‘Prueba’, dijo él sonriendo. Me puse una en la muñeca derecha. Él la otra, y clic, las cerró. ‘¡Joder!’, reí, cara roja. Me miró excitado. Asentí. Ató la cuerda a la cadena, me llevó al gancho del techo. Subió en una silla, tiró. Mis brazos arriba, en puntillas. Inmóvil, vulnerable. ‘¿Vale?’, preguntó. ‘Sí… pero no abuses’, jadeé, coño ya húmedo.

Me giró, levantó la falda. Vi mis nalgas en bragas blancas de algodón, casi al aire. ‘¡Para!’, protesté, pero él miró embobado. Bajó la falda. Me besó el cuello, manos en mi cara. Resistí un beso en boca, pero suspendida… cedí. Lenguas enredadas, saliva caliente, su aliento en mi boca. Gemí bajito. Bajó el jersey, tetas al aire, blancas, pezones duros. Las miró, las rozó.

Explosión de placer crudo

Ruido en la escalera. Cuatro turistas entraron, risas. Me vieron atada, semidesnuda. Cara ardiendo de vergüenza. Él dudó, pero posó manos en mis tetas sobre el jersey. Luego bajo, palpando. ‘No… gente…’, susurré. Pero sus dedos subieron bajo la lana, amasando mis tetas, pellizcando pezones. Ojos cerrados, placer ganando. Bajó el jersey lento. ‘¡No, por favor!’, murmuré. Pero tetas expuestas, duras. Un turista sacó foto, flash. Me giró, levantó falda, nalgas al aire. Manos en bragas, las bajó de golpe. Culito desnudo. ‘¡Dios!’, chillé. Dedos rozando ano, humedad entre piernas.

Desabrochó falda, zipper abajo. Cayó al suelo. Nuda total, solo jersey en hombros. Pivoteó, coño depilado a la vista. Flash otra vez. Él les hizo señas. Se acercaron. Miedo en ojos míos. Él me cogió tetas por detrás, bombeando mi vientre. Un turista tocó mi tripa, bajó al coño. Dedos en labios, frotando clítoris. Otro en nalgas, dedo en ano. ‘Ah… sí…’, gemí. Más manos: tetas apretadas, coño penetrado por dos dedos, ano invadido. Clítoris masajeado fuerte. Cuerpo temblando, sudor, olor a sexo. ‘¡Fóllame más!’, supliqué. Orgasmos en cadena, grito largo, jugos chorreando piernas.

Me soltó. Nuda, sonriendo exhausta. No bajé jersey rápido. Un turista se quedó mis bragas. Metí en falda, sin nada abajo. Besos de todos. Mi marido volvió, fingí normal. Bajamos, cajero nos miró, cámaras todo grabado. Me ruboricé. Esa noche, se lo conté todo, follando como locos. Aún me mojo recordando esa entrega total, esa polla de placer público.

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