Todo empezó en esa fiesta de baile. Ana, mi amiga, nos invitó con su marido Luis. Él estaba de mal humor, eh, como siempre después de sus peleas. Me pidió que lo animara, que bailara con él. Yo, Sandra, la fiel esposa, dije que sí. Pero joder, cuando nos pegamos en la pista… su cuerpo contra el mío, sus manos en mi espalda, bajando a mis caderas. Sentí su calor, su aliento en mi cuello. Olía a hombre, a sudor mezclado con colonia. Mi piel se erizó.
Bailamos toda la noche. Slows pegajosos, mis tetas rozando su pecho. Sus dedos rozaron el lado de mi teta, ¡coño! No me aparté. Al contrario, me apreté más. Mi marido nos miraba desde lejos, riendo. Ana se mosqueó, pero yo ya estaba perdida. Nos escabullimos un rato afuera, fumamos un cigarro… o eso creyeron. Nos besamos rápido, su lengua invadiendo mi boca, mi coño humedeciéndose ya.
La chispa que encendió el fuego
Semanas después, viernes noche. Mi marido invita a Luis a casa por una birra después de una reunión. Yo arriba, en la cama, fingiendo dormir. Oigo sus voces, bajo en mi camisón de algodón blanco, corto, sin nada debajo. Mis pezones duros marcando la tela fina. ‘¿Frío?’, pregunta mi marido. ‘No, ¿quieres ver?’, digo juguetona. Levanto el camisón, flash: mi coño depilado, mi monte rubio reluciendo. Luis se queda mudo, su polla debe estar tiesa.
Me acerco, beso a mi marido, luego a Luis. Me pego a él, mis tetas contra su brazo. La tensión es brutal. Nos miramos, eh… sus ojos devorándome. Me siento entre ellos, mi mano en su muslo. Mi marido dice: ‘Voy a purgar el grifo del jardín, portaos bien’. Sale, pero yo sé que espía. La puerta entreabierta.
Cuando se va, Luis me besa. Fuerte, hambriento. Sus manos en mis tetas, amasándolas a través del camisón. Gimo bajito, su lengua chupando mi cuello. ‘Te quiero’, murmura. Le arranco la camisa, toco su pecho duro. Nos ponemos de pie, me sube el camisón despacio, acariciando mis muslos, mis caderas. Lo miro a los ojos mientras me desnuda. Mis tetas libres, pezones erectos. Él las chupa, muerde suave. ¡Joder, qué placer!
La follada salvaje y el clímax explosivo
Sus dedos bajan, rozan mi coño empapado. ‘Estás chorreando’, dice. Meto dos dedos dentro, masajea mi clítoris. Me tiemblan las piernas, me apoyo en él. Gimo, ‘Más, Luis, fóllame con los dedos’. Acelera, siento la succion de mi coño tragándoselos. Bailo contra su mano, tetas rebotando. El orgasmo me arrasa: grito ahogado, piernas temblando, jugos corriéndome por los muslos.
No paramos. Le bajo los pantalones, su polla sale dura, gruesa, venosa. La agarro, masturbo fuerte. ‘Métemela’, suplico. Me gira, me inclino en la mesa. Escupe en mi coño, empuja. Entra de golpe, llenándome. ¡Dios, qué polla! Me folla salvaje, cachetazos en el culo, pellizcando mis tetas. Sudor goteando, olor a sexo puro. ‘Eres una puta cachonda’, gruñe. ‘Sí, fóllame más duro’. Cambio de posición: yo encima, cabalgándolo, coño tragando su polla hasta el fondo. Reboto, mis tetas en su cara, él chupándolas. Me corro otra vez, apretándolo, ordeñándolo.
Él explota: ‘Me corro, Sandra’. Llenándome de leche caliente, chorros profundos. Nos quedamos jadeando, pegados, sudorosos. Mi marido vuelve, fingimos normalidad. Luis se va frustrado, pero yo… con el coño lleno de su semen.
Después, mi marido me folla como un loco, oliendo a Luis en mí. Pero el recuerdo quema: su polla en mi coño, mis orgasmos brutales. Estoy exhausta, feliz, adicta. ¿Habrá más? Joder, sí. El deseo manda ahora.