Como siempre, nos encontramos en terreno neutral, lejos de las familias. Él, mi amante fiel, y yo, con mis sesenta elegantes, mi cuerpo delgado y mis ojos azules que gritan putería. Esta vez, almuerzo en un restaurante chulo de un pueblo pequeño. Lo recibo con un abrazo caliente, mi vestido ceñido a mis tetas pequeñas, abriéndose en las caderas hasta las rodillas. Cada paso hace bailar mi culito prieto.
Nos sentamos en una mesa apartada. Comida exquisita, charla de amigos. Pero sus ojos… eh, se desvían por encima de mi hombro. Hacia el fondo de la sala. ‘¿Qué pasa?’, le pregunto sonriendo. ‘Hum, nada’, dice con picardía. ‘Venga, cuéntame’. ‘Hay un tío solo, me está comiendo con la mirada’. Mi coño palpita. ‘¿Te mola? Juega, cariño’. Se remueve en la silla, cruza las piernas hacia él. Muestra tobillos finos, pantorrillas, y seguro que un pellizco de muslo por encima de las medias autofijables.
La tensión que me encendió
Mira de reojo. ‘Me está clavando los ojos en las piernas. Ve mi piel arriba. Joder, ya me mojo’. ‘¿El coño te chorrea?’, digo excitado. ‘Sí, se hincha contra el tanga’. Le mando un beso discreto y me levanto despacio, contoneándome. Paso cerca de él rumbo a los baños. Desaparezco por el pasillo. Oigo su silla. Viene.
Mi corazón late fuerte. La razón se va a la mierda. Entramos en la zona de los lavabos. Me planto frente al espejo, arqueo la espalda fingiendo retocarme el labial. No pasa ni un minuto. Sus manos en mis caderas. Suben por los lados, rozan mis tetas. Pellizca los pezones duros. Gimo bajito. ‘Mmm, qué sensibles’, murmura. Yo froto mi culo contra su paquete. Siento su polla tiesa bajo el pantalón.
Me chupa el lóbulo de la oreja, besa mi cuello, lame. No aguanto. Meto las manos atrás, desabrocho su cinturón. ‘Sácamela, puta’, gruñe. La bajo, agarro esa verga gruesa, caliente, palpitante. Buena tamaño. Miro la puerta: solos. Me agacho. Lamo el capullo rojo, suave. Bajo a las huevos, pesados en mi mano. Los masajeo. Él jadea. Meto un dedo en su raja, rozo el ano. Se retuerce.
El polvo brutal y el clímax
Me pongo de pie, le doy a probar mi saliva de su pija. Subo la falda. Me giro al espejo, cojo su polla y la froto contra mis labios hinchados, empapados. ‘Fóllame’, susurro. Me empalo despacio. ‘Ahhh…’. La mete hasta el fondo. Miro nuestros reflejos: yo arqueada, él bombeando. El calor de su piel contra mi culo. Su aliento corto en mi nuca. Olor a sexo, a coño mojado.
Acelera. Su glande me raspa el fondo. Mi clítoris palpita. ‘Me voy a correr’, dice. No, aún no. Me separo, quito el condón imaginario –no lo usamos, crudo–. Me arrodillo y engullo la verga chorreante de mi guarra. La chupo fuerte, dedo en el culo. Se tensa. ‘¡Joder!’. Eyacula. Chorros calientes, espesos en mi boca. Trago casi todo, guardo un resto blanco en la lengua.
Vuelvo a la mesa, ojos brillantes, mejillas rojas, labios húmedos. Me siento. Abro la boca: hilo de lefa. Lo lamo lento, trago. ‘Mmm, dessert perfecto’. Él ríe. ‘¿Detalles?’. Se lo cuento todo, voz ronca. La polla dura, el coño ardiendo, el semen salado. Ahora, cansancio dulce. Recuerdo su sabor, el frotar brutal. Mi cuerpo vibra aún. Quiero más, siempre más.