Llovía a cántaros esa tarde en mi granja perdida en las Cévennes. Yo, Julia, sola con mi bebé de cuatro meses, abro la puerta y ahí está él: un peregrino guapo, empapado hasta los huesos, con esa mirada de perdido que me pone a mil. ‘Pasa, quítate esa ropa mojada’, le digo, sintiendo ya un cosquilleo entre las piernas. Le miro el cuerpo atlético mientras cuelgo su camisa. Hablamos de todo: mi ex que me dejó preñada, mis sueños rotos con los burros y el jabón de leche de burra. Él me escucha, me hace reír. Pero cuando amamanto a Simon delante de él, sin esconderme, noto sus ojos clavados en mis tetas enormes, goteando leche. Uf, el calor sube. Su aliento se acelera, yo me mojo el coño pensando en su boca ahí.
La noche llega, llueve más fuerte. Le ofrezco la cama de invitados, pero Simon llora sin parar. Yo exhausta, tetas a reventar. Él se ofrece a calmar al crío, lo mece contra su pecho y ¡zas!, el peque se duerme plácidamente. Me derrito viéndolos. De madrugada, mis pechos duelen, leche por todos lados. Me acerco a él en la penumbra: ‘Ayúdame, chúpame un poco, van a explotar’. Dudó un segundo, ‘¿Estás segura?’, murmura. ‘Sí, ven, como San Bernardo con la Virgen’. Me quito la camisola, suelto el sujetador. Mis ubres pesadas caen sobre su cara. Él abre la boca, hesitant, y… ¡ay, Dios! Su lengua en mi pezón, chupando fuerte. La leche caliente le chorrea garganta abajo. Gimo bajito, mi clítoris palpita. Su polla se pone dura contra mi muslo. La tensión es insoportable, el deseo me quema. ‘No pares’, jadeo, frotándome contra él. La razón vuela por la ventana.
La lluvia que encendió el fuego
Lo arrastro a mi cama, nos desnudamos a tirones. ‘Fóllame, pero suave por el crío’, susurro. Él me abraza por detrás, su verga tiesa rozando mi culo grande y redondo. Huele a hombre sudado, a lluvia, a sexo. ‘Estás tan caliente’, gruñe, deslizando la punta por mi raja empapada. No entro del todo, me frota el coño con la polla, mis labios hinchados se abren como flores. Grito cuando roza mi clítoris. ‘¡Más fuerte!’. Él acelera, su glande palpita contra mi ano. Mis tetas gotean leche sobre las sábanas. Le cojo la mano, la meto en mi coño chorreante: ‘Siente cómo estoy de mojada por ti’. Dedos dentro, chapoteo obsceno. Él jadea, ‘Me vengo…’. ¡Pum! Su leche caliente me salpica las nalgas, el culo, chorros espesos que resbalan hasta mi coño. Yo exploto: orgasmo brutal, contracciones que me sacuden, ‘¡Sí, cabrón, dámelo todo!’. Sudor, olor a corrida y mi jugo mezclado. Nos corremos juntos, bestial, sin filtro.
Después, exhaustos, nos quedamos pegados, su semen enfriándose en mi piel. Simon duerme como un angelito. Yo sonrío, cansada pero feliz, tetas aliviadas, coño palpitando aún. ‘Eres increíble’, murmura él, besándome el cuello. El recuerdo de su polla caliente contra mí, mi leche en su boca, esa corrida pegajosa… me hace temblar. Mañana se irá en su peregrinaje, pero esta noche fue mía. Marine, su amor, nos mandó quizás, pero yo viví mi pasión al 100%. Qué ganas de más.