Confesión ardiente: Mi jacuzzi secreto y el sexo salvaje que me dejó temblando

No pegaba ojo en toda la noche. Me daba vueltas en la cama, sudando, con el cuerpo inquieto. Sobre las ocho, el portazo de la puerta de al lado me despierta de un sueño caliente. Luego, los cláxones de los coches furiosos… Imposible volver a dormir. Eran las nueve cuando pensé en ordenar el piso para la visita de Pablo. Pero me dije: media horita más. A las once y media, el teléfono me saca del sopor.

—Hola, soy Pablo, ¿qué tal? —su voz alegre me pone la piel de gallina.

La chispa que enciende el fuego

—Eh… ¿qué hora es? —bostezo, aún atontada.

—¿Te despierto?

—Un poco… sí.

—¿Puedo pasar ahora?

—¿Ahora mismo?

—Te dejo tiempo para espabilarte, ¿vale?

—Mmm…

Cuelga sin esperar. Me enfado, me hundo en las sábanas. No le daré el código del portal, como siempre. Pero unos minutos después, tres golpes suaves en la puerta.

—¿Quién?

—Soy María —susurra.

María, la antigua portera. Hace dos años se mudó, pero su antiguo cuartito lo alquilaron y ella sigue viniendo. Le abro, entra esa septuagenaria coqueta, con el maquillaje tapando apenas los pelos de bigote.

—Puedes ir a darte un baño al lado. La señora B. se fue, no vuelve en una hora.

El clímax brutal y el éxtasis compartido

Nuestro pacto secreto. Ella limpia los 250 metros cuadrados de lujo de la vecina ricachona los miércoles. Pero vigila el taxi, abre los grifos del jacuzzi y me avisa. Hoy olvidé el día. Salto de la cama, camisón de satén azul marino cayendo a mis pies. Entramos sigilosas.

El agua tibia me envuelve. Un escalofrío desde la nuca hasta el culo. La espuma rosa roza mi cuello, moja mis pelos revueltos. Con el pie activo los chorros. ¡Dios! El agua sale disparada de los agujeros dorados, masajeando mi coño. Calor en el vientre, más que el agua. Un chorro se cuela entre mis muslos. Mi mano baja sola. Dedos abren los labios hinchados, se hunden en el hueco húmedo. El clítoris palpita en mi palma. Ojos entrecerrados, me dejo llevar. La otra mano roza el vientre, pellizca los pezones duros. Los chorros me amasan las nalgas, la espalda. De repente, exploto. Espasmo en el bajo vientre, cierro las piernas, grito ahogado. Saco la mano empapada, la lamo: salado, ácido, mío.

María aspira en el salón, cantando bajito. Me recompongo. Cojo el gel exfoliante caro, granitos blancos frotando piernas, muslos, culo. Luego torso. Agua caliente con la alcachofa. Piel suave, nueva, lista para él. Me miro desnuda: delineador negro, labios rojos sangre, máscara. Pelo en coleta. Un pulido del perfume de lujo. María me mira el culo desnudo mientras me pongo la bata.

—Vete ya, risueña.

De vuelta en mi piso, me siento reina. Encuentro el tanga negro con ribete granate, medias de rejilla subiendo despacio por las piernas hasta las nalgas. Teléfono: Pablo ya está abajo.

Abro casi desnuda. Me da una rosa roja. Se pega a mí, su polla dura contra mi vientre. Sonrío triunfante.

—Quítatelo todo —le ordeno.

Se desnuda torpe. Solo slip azul, polla asomando tiesa. Me tumba en la cama, cabeza entre mis piernas. Yo con rodillas arriba, coño ofrecido. Siempre competimos: quien corre primero pierde. Hoy voy ganando.

Lo subo, le arranco el slip. Su polla roza mi entrada empapada. La mete despacio, abriendo labios. Me clavo en él, piernas apretando. Ondeo, lo aprieto con el coño como un puño. Lo suelto, lo chupo de nuevo. Mis músculos internos lo ordeñan. Gime, cara tensa, al límite.

Me arqueo, marco el ritmo: follada profunda, sin piedad. Mi clítoris frota su pubis. Sorpresa, mi orgasmo sube. —¡Sí! —gruño ronca. Él explota: semen caliente inundándome, gimiendo. Lo muevo suave, exprimiendo hasta la última gota. Se derrumba sobre mí, pesado.

—Me ahogas —río, empujándolo.

Se ríe flojo, exhausto. Nos quedamos así, sudados, oliendo a sexo. Cuerpos pegajosos, respiraciones cortas. Recuerdo el jacuzzi, su lengua, mi coño chorreando. Fatiga feliz, sonrisa boba. Mañana más. Este polvo… inolvidable.

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