Confesión ardiente: Mi marido me folló hasta el delirio en nuestra cama

Llevamos más de veinte años casados, mi amor y yo. La rutina es cómoda, pero nos damos sorpresas que queman. Esta noche, él veía el partido de rugby en la tele, tenso como siempre. Yo leía mi polar argentino en el sofá, a su lado. Estaba en las últimas páginas, el héroe encontraba a su hija, pero el final me dejó insatisfecha. Necesitaba algo más… caliente.

Me metí en la cama sola, durante la segunda parte. Él llegó sonriendo: ‘¡Ganamos!’. Se acostó conmigo, cogió su tebeo. Yo, no podía dormir. Dejé el polar y saqué mi libro erótico favorito. Ese donde la prota se entrega a extraños bajo la mirada de su amante. Lo conozco de memoria, pero siempre funciona.

La chispa que enciende la noche

Empecé a leer los pasajes guarrillos. Mi mano izquierda sujetaba el libro, la derecha bajó sola. Mi dedo medio rozó mi clítoris, ya hinchado. Lo froté suave, luego más fuerte. El calor subía, mi coño se mojaba. Giré la cabeza: ¿me mira de reojo? Él dice que adora verme correrme. La heroína gemía con una polla en el culo y otra en la boca. Yo… exploté. Dejé el libro, cerré los ojos. Mi orgasmo me sacudió, fuerte, largo.

De repente, unos labios en los míos. Él. Lo confesé una vez: me corro más si me besa. Lo recuerda todo. Su lengua jugaba con la mía, sin estorbar mi dedo. El placer no bajaba, subía otra vez. Estaba flotando, mi clítoris palpitaba.

Sentí movimiento. Abrí los ojos a medias: ‘¿Qué haces?’. ‘¿A qué hora? Te voy a follar’. Directo, como nos gusta después de tantos años. Eché las piernas un poco, lo guie dentro. Mi coño chorreaba, entró fácil. ‘Uff… creo que me corro otra vez’. ‘Disfruta, estoy para eso’.

El clímax salvaje y el dulce agotamiento

Me lamía despacio, pasó sus piernas fuera de las mías, apretó mis muslos. Se hundió más. Olía a sudor, a sexo. Su piel caliente contra la mía, mi aliento corto. ‘¿Qué haces?’. ‘Te follo, vas a flipar’. Cambió: me abrió las piernas, las levantó, mis gemelos en sus hombros. Tocó mi punto G. Instantáneo. ‘¡Me corro…!’. ‘Sí, goza’. Duró eternamente, perdí la cuenta.

Bajó mis piernas, me besó el frente –es mucho más alto–, me follaba tierno pero firme. Placer pleno, casi dormía. Pero no: ‘Sigo, te saboreo’. Otra vez gemelos arriba, otro orgasmo brutal. Repitió: piernas abajo, arriba; abajo, arriba. Orgasmo tras orgasmo. ‘Para… no puedo más. Córrete tú’.

‘¿Sí?’. ‘Sí’. ‘¿Dónde? ¿Boca, coño, culo?’. ‘No boca, estoy muerta… no puedo chupártela’. ‘¿Coño o culo?’. ‘El culo, mi coño arde. Métemela ahí’. Él salió, me levantó las piernas. ‘¿Pruebo con un dedo?’. ‘No jodas, métela ya. Estoy empapada, ve suave’.

Nuestros ojos clavados. Su polla gorda entró despacio. ‘¿Sientes cómo me abro?’. ‘Sí, pasé el anillo’. ‘Acelera un poco’. ‘¿Así?’. Perfecto, sin dolor. Relajada total. ‘¿Te gusta que te folle el culo?’. ‘Que TÚ me lo folles, sí. Dale fuerte, no te cortes’. Se corrió dentro, lo noté palpitar. Sonreí, lo besé. Agotada, feliz. Dormimos abrazados, su calor en mi piel, el olor a corrida en el aire. Mañana recordaré cada embestida.

Leave a Comment