Estaba sentada en la terraza de un café cutre en las afueras de un pueblo perdido, mordisqueando el bolígrafo, con la cabeza en las nubes. El sol pegaba fuerte, como en un desierto cercano. Llegó él con mi café, alto, moreno, con esa mirada que te calienta la piel. ‘Aquí tienes, guapa’, murmuró, y su voz ronca me erizó los vellos. Le sonreí, pero ya sentía un cosquilleo entre las piernas. Bebí un sorbo, quemaba… como mi deseo.
Hablamos poco. Me contó de su vida nómada, acampando en el desierto. ‘Ven conmigo, te enseño algo especial’, dijo. No sé por qué, pero subí a su moto. El viento me azotaba, su espalda dura contra mi pecho. Paramos en unas tiendas verdes en medio de la arena roja. Sudorosa, olía a él, a hombre puro. Jugamos a perseguirnos como críos, pero cuando me alcanzó, su mano rozó mi culo. ‘Mélody… o como te llames, para’, jadeé. Él rio bajito. ‘Sabes que no puedes resistirte’. Sus dedos bajaron a mi entrepierna, presionando mi coño a través del pantalón. El calor subía, mi clítoris palpitaba. ‘No… aún no’, susurré, pero mi cuerpo mentía.
La chispa que me quemó por dentro
Llegamos al pueblo al atardecer. Casas blancas en círculo, silencio total. Nadie hablaba, solo miradas. Él me dejó en una casa grande, negra de hollín. ‘Ve, es un ritual. Te hará mujer de verdad’. Subí la colina, corazón latiendo fuerte. Dentro, oscuridad, olor a cera y algo acre. Una mujer entró, Cée, la sacerdotisa. ‘Desnúdate y túmbate’, ordenó. Obedecí, piel erizada. El mármol estaba tibio, como un amante. Esparció polvo blanco en mi cuerpo desnudo. De repente, todo vibró: mi vientre se contrajo, un orgasmo fantasma me recorrió. Grité, ojos en blanco, coño empapado. Desperté jadeando, humedad chorreando por mis muslos. ‘Perfecta, virgen pero lista’, dijo ella sonriendo.
No aguanté. Lo busqué. Lo vi entrar en la casa. Lo seguí sigilosa. Ahora la sala brillaba, flores perfumaban el aire. Gritos… gemidos. Los encontré junto a un estanque imaginario, en un claro verde. Él y Cée, desnudos. Ella encima, cabalgándolo furiosa. Su polla enorme, gruesa, entrando y saliendo de su coño depilado. Pechos rebotando, sudor brillando. Olía a sexo, a corrida fresca. Mi mano se coló en mi pantalón, dedos en mi coño hinchado, resbaladizo.
El clímax brutal y el éxtasis sin frenos
La tensión era insoportable. Mi razón se quebró. Salí de mi escondite. ‘Fóllame’, supliqué. Él se giró, polla tiesa reluciente de jugos. Cée rio. ‘Ven, nena’. Me desnudaron rápido. Él me tumbó en la hierba, piernas abiertas. ‘Mira qué coñito mojado’, gruñó, lamiendo mi clítoris. Su lengua áspera, chupando fuerte. Gemí alto, caderas alzadas. Cée me besó, tetas contra mi cara. ‘Chúpame los pezones’, ordenó.
Me penetró de golpe. Su polla me partió, gruesa, venosa, llenándome hasta el fondo. ‘¡Joder, qué prieta!’, rugió. Embestía brutal, huevos golpeando mi culo. Sudor goteaba, pieles chocando con palmadas húmedas. Cée se sentó en mi cara, coño peludo frotándose en mi boca. Lamí su clítoris salado, tragué sus jugos. Él aceleró, ‘Me corro…’. No, ‘Sigue, fóllame más’. Cambiamos: yo a cuatro patas, él detrás, polla en mi coño, dedos en mi culo. Cée debajo, lamiendo donde nos uníamos. Orgasmos en cadena: el mío explotó, chorros calientes, piernas temblando. Él eyaculó dentro, semen caliente inundándome, goteando. Cée gritó su clímax, squirt en mi cara.
Caímos exhaustos, cuerpos enredados, sudor y corrida mezclados. Respiraciones cortas, piel pegajosa. Me dolía el coño, pero feliz, saciada. ‘Increíble’, murmuré. Él besó mi cuello, olor a sexo impregnado. Cée acarició mi pelo. ‘Vuelve cuando quieras’. Ahora, recordándolo, me mojo sola. Ese polvo… inolvidable.