Hoy en la línea 4 del metro de Madrid, la gente iba como muertos vivientes. Caras largas, miradas perdidas, el típico agobio parisino… digo, madrileño. Yo, Aurora, sentada al fondo del vagón, luchaba contra esa mierda. Miraba por la ventana, las estaciones pasando rápidas. Pensaba en Victor, mi amor. En cómo me esperaría en casa, sus manos colándose bajo mi falda corta, notando que hoy no llevo bragas. Uf, me mojé solo de imaginarlo. Su mirada encendida, pétalos, sus dedos rozando mi coño ya húmedo. Sonreí sin querer, mordiéndome el labio.
Ese sonrisa lo pilló todo. Un tío guapo, Georges lo llamaré, sentado enfrente. Se quedó parado, ojos clavados en mí. Sentí su mirada como fuego en la piel, bajando por mis tetas, mi falda subida un poco. El metro traqueteaba, pero entre nosotros… tensión pura. Crucé las piernas, apretando los muslos contra mi clítoris hinchado. Él se removió, ajustándose los pantalones. Vi el bulto creciendo. Joder, qué polla gorda debía tener. Su aliento se aceleró, yo olía mi propio olor a excitación subiendo. No aguantábamos más. La razón… pah, se fue a la mierda.
La chispa que prendió el fuego
Bajamos en la misma parada, Chueca. El corazón me latía en el coño. ‘Ese sonrisa tuya… me ha puesto la polla como una piedra’, murmuró cerca de mi oreja, voz ronca. ‘Y tu mirada me ha empapado las bragas… que no llevo’, respondí, riendo nerviosa, rozándole el brazo. Sus ojos se oscurecieron. Caminamos rápido, callados, el aire cargado. Ese sonrisa mío había sido contagioso, pero ahora era deseo puro propagándose.
En un callejón oscuro detrás de la estación, no pudimos esperar. Me empujó contra la pared fría, labios chocando con hambre. Sus manos bajaron mi falda de un tirón, dedos hurgando mi coño chorreante. ‘Joder, estás que explotas, puta cachonda’, gruñó, metiendo dos dedos, bombeando fuerte. Gemí alto, ‘¡Fóllame ya, no aguanto!’. Se bajó los pantalones, su polla saltó libre: gruesa, venosa, cabeza roja brillando de precúm. Me levantó una pierna, embistiéndome de un golpe seco. ‘¡Ahhh!’, grité, sintiendo cómo me abría en dos, llenándome hasta el fondo.
La explosión y el éxtasis
Me follaba brutal, sin piedad. Cada estocada hacía slap-slap contra mi piel sudada. Olía a sexo crudo, sudor mezclado con mi jugo. Sus pelotas chocaban mi culo, yo arañaba su espalda. ‘Tu coño aprieta como una virgen, ¡me vas a sacar la leche!’, jadeaba él, mordiéndome el cuello. Yo temblaba, ‘Más fuerte, rómpeme, ¡córrete dentro!’. El orgasmo me pilló primero: piernas flojas, coño convulsionando, chorros calientes bajando por mis muslos. Él rugió, clavándose hondo, llenándome de porra espesa, caliente, desbordando.
Siguió bombeando hasta vaciarse, gemidos ahogados. Luego, se salió despacio, semen goteando al suelo. Nos miramos, riendo exhaustos, abrazados contra la pared. Cuerpos pegajosos, aliento entrecortado calmándose. ‘Ha sido… joder, increíble’, susurró, besándome suave. Yo asentí, piernas temblando aún. Ese sonrisa en el metro había encadenado todo: su mirada a mí propagó a una tía en su curro que mandó un wasap caliente a su novio, él ayudó a un chaval que luego folló como un dios… pero yo no sé más. Solo sé que mi deseo prendió la mecha. Ahora, en casa con Victor, le contaré. O no. El recuerdo quema aún, mi coño palpita. Fatiga feliz, sonrisa tonta. Vida puta y preciosa.