Ay, Dios… acabo de volver a casa y aún siento el calor entre las piernas. Te cuento todo, sin filtros, como si estuviera susurrándotelo al oído. Elegí a ese tío alto, moreno, con una sonrisa que prometía vicios. Llevaba una bufanda roja en la mesa de la terraza del café, como acordamos. Mi marido se quedó apartado, invisible, pero sabiendo que yo iba a por todas.
Me acerqué con mi vestido ceñido, negro, que se subía hasta medio muslo mostrando mis piernas suaves. Él levantó la vista… joder, sus ojos se abrieron como platos. ‘Eres aún más guapa en persona’, me dijo, con voz ronca. Me senté frente a él, crucé las piernas rozando las suyas por accidente… o no. Hablamos, reímos. Sus cumplidos me ponían la piel de gallina: ‘Tus curvas son de infarto, quiero tocarlas’. Yo me mordía el labio, sintiendo cómo mi coño empezaba a humedecerse. Nos mirábamos fijo, el aire cargado. Se inclinó, yo también. Sus labios rozaron los míos, un beso casto al principio… pero su lengua entró, caliente, juguetona. Tomó mi mano, la apretó. Sus piernas ahora sí fruncían las mías, deliberado. Mi corazón latía fuerte, el deseo me quemaba el vientre. ‘Vamos a algún sitio’, murmuró. La razón… se fue a la mierda.
La chispa en la terraza: tensión que quema
Pagó y salimos, su mano en mi cintura, bajando un poco a mi culo. Caminamos así, yo sabiendo que mi marido nos seguía. Entramos en su portal, subimos al piso. Le mandé un wasap rápido: ‘Salón, code 1234, puerta entreabierta. Silencio’. Cerramos la puerta, pero él ya me devoraba con los ojos. ‘Quítate el vestido’, ordenó suave. Me lo saqué lento, quedando en tanga y sujetador. ‘Joder, tus tetas son perfectas’, gruñó, quitándose la camisa. Su pecho duro, olor a hombre. Me besó el cuello, mordisqueando, mientras sus manos amasaban mis tetas. Bajó, lamió mis pezones duros como piedras. Yo gemía bajito: ‘Sí… más’. Le bajé los pantalones, su polla saltó enorme, venosa, goteando precum. ‘Mámala’, dijo. Me arrodillé, la chupé profunda, saboreando su salado, garganta hasta el fondo. Él jadeaba: ‘Qué boca, puta…’. Me levantó, me tiró al sofá, arrancó mi tanga. ‘Estás empapada, zorra’. Su lengua en mi coño, lamiendo clítoris, metiendo dedos. Me corrí gritando, temblando.
El clímax brutal: follando sin frenos
No esperó. Me puso a cuatro patas, polla en mi entrada. ‘Te voy a follar como una perra’. Entró de golpe, llenándome hasta el fondo. ¡Ay! Dolor y placer. Embestía fuerte, cacheteando mi culo: plof plof. ‘Tu coño aprieta tanto… mejor que en fotos’. Yo empujaba contra él: ‘Más duro, rómpeme’. Sudor por todos lados, su piel caliente pegada a mi espalda. Cambiamos: yo encima, cabalgando su polla gruesa, tetas rebotando. Él pellizcaba mis pezones: ‘Córrete en mi verga’. Otro orgasmo me partió, chorros en su abdomen. Él se puso encima, misionero brutal, besos salvajes. ‘Me voy a correr dentro’, avisó. ‘Sí, lléname’, supliqué. Rugió, eyaculó caliente, chorros profundos en mi útero. Colapsamos, jadeando.
Ahora, el bajón feliz. Yacíamos pegados, su semen goteando de mi coño hinchado. Mi marido entró sigiloso, con el móvil grabando, pero ni lo notamos al principio. Él sonrió: ‘Ha sido brutal’. Yo, exhausta, piel pegajosa de sudor y sexo, olor a corrida y coño. Besos suaves, risas. Me vestí temblando, piernas flojas. Bajamos, mi marido nos siguió. En casa, revivimos el vídeo… su polla dura otra vez. Fue real, crudo, mío. Quiero más.