Después de casarme, mi cabeza era un lío. Mi marido llegó con su cara de mala leche habitual, me dio un beso mecánico en los labios. ‘Hola, cariño’, murmuró. Yo respondí sin pensar, pero dentro de mí bullía el recuerdo de Patrick. ¿Culpa? Ni un ápice. Solo ganas reprimidas. Nuestras peleas tontas me hartaban. Esa noche, en la cama, fingiendo pasión, pensé: ‘Joder, merecía ese polvo con él’. Si mi marido me diera lo que necesito, no buscaría fuera. Fácil culpar al otro, ¿verdad?
Días después, Patrick me llamó. Su voz temblaba. ‘Laly, ¿arrepientes lo de ayer?’ ‘No’. ‘Mejor cerramos esa página, ¿no?’ ‘Sí… quizás’. ‘Cásate, sé feliz’. Colgó. Lágrimas en mis ojos, nudo en la garganta. Él, casado hace 30 años, con nietos. Yo, recién casada, construyendo mi vida. Pero el deseo no se iba.
La chispa que me quemaba por dentro
En la reunión laboral, lo vi. Su presencia me erizaba la piel. Estrechó mi mano sin mirarme. Al acabar, me soltó: ‘¿Llevas tanga como la última vez?’ ‘Sí, siempre las llevo ahora’. Su voz cargada de nostalgia: ‘No las llevabas cuando follábamos…’. Me excité tanto que quise que me arrancara la ropa allí mismo. Pero no cedí. Él tampoco. Frustrados, nos fuimos.
Los días siguientes, su olor, su tacto, me atormentaban. Recibí su mensaje: ‘Me siento como una banana flambé olvidada’. Reí. Le contesté: ‘Ven a calentar el planeta conmigo’. Llegó volando. Nos metimos en mi despacho. ‘No tengo mucho tiempo’, dijo jadeando. ‘Como siempre, el hombre del aire’. ‘Quítate la ropa’. ‘Hazlo tú’.
Sus manos bajaron mi cremallera. Mi tanga fucsia con labios plateados lo volvió loco. La bajó de un tirón. Contempló mi coño depilado, labios suaves, lista rasurada en curva. ‘TiemBlo como una hoja…’. ‘Mi corte de verano te gusta, ¿eh?’. Empezó a masajearme. ‘¡Joder, estás ardiendo como una freidora!’ Reímos. Me puse de pie, manos en el escritorio, culo en pompa. Sus dedos rozaron mi monte, bajaron a mi raja empapada. Deslizaba arriba y abajo, hurgando más profundo. Llegó a mi culito, lo masajeó. Sentí su falange entrar despacio. Me penetró entero, vaivén rápido. Me giró, sentó mi culo en el borde, piernas abiertas sobre sus hombros.
El éxtasis crudo y sin límites
Sacó un pecho de mi blusa, chupó el pezón duro. Mordisqueó, pellizcó. Luego, lengua en mi coño. Calor invadiendo mi vientre. Dos dedos en la chochita, otro en el ano. Entraba como en mantequilla. Mi cuerpo se arqueaba, queriendo más. ‘¿Quieres una banana?’, preguntó. Saqué la suya de la chaqueta. Reí histérica. La rozó en mi clítoris, áspera, nueva. La acercó a la entrada. ‘¿Entrará?’. La probé con mis dedos: ‘Sí, dale’. La metió despacio. Fría, dura al principio, pero mi calor la ablandó. Nunca lo había hecho. Él tampoco. Reímos y volvimos a lo clásico: dedos en coño y culo, doble penetración deliciosa. Olía a sexo, sudor, deseo puro. Gemía, perdida.
No corrí, pero fue éxtasis. Ahora, su turno. ‘No te he cuidado’. ‘Ya me has dado placer viéndote así, mi puta de lujo’. Insistí. Bajé su cremallera, saqué su polla semi. La pajeé, lengua en el glande con su gota pre. La tragué entera, nariz en su pubis. Suspiros, mano en mi nuca empujando. Caliente, su leche explotó en mi mejilla interna. ‘¡No, joder!’. Tragué. Primera vez, y con él. Satisfacción total.
Se vistió, se sentó exhausto, cabeza gacha. ‘¿Estás bien?’ ‘¿Cómo trabajo ahora? Eres mi zorra planetaria’. Me abrazó tierno. Salió mostrando la banana: ‘¡La enmarcaré!’. Me quedé temblando, coño palpitante, boca con su sabor salado. Cansancio feliz, recuerdo ardiente para masturbarme en noches frías. ¿Volverá? El deseo manda.