Confesión ardiente: el primo de Markus me folló como una puta en el círculo

Ay, Dios… acabo de volver de esa reunión en el Círculo y aún siento el calor en la piel. Nathan, mi marido, me sorprendió proponiendo nuestra casa para la próxima orgía. Yo, nerviosa, pero excitada. ‘Quiero que todos vean cómo te corres con Markus en casa’, me susurró. Me puse roja como un tomate. ‘¡Cerdo!’, le dije, pero mi coño ya palpitaba.

Léopold cerraba el orden del día, hablando de salidas y tal. Mella preguntó por Laurent, en coma, y todos rieron de su mujer Isabelle, la que ama a los viejos. Yo solo pensaba en Markus, pero Nathan me dijo: ‘No viene hoy, pero envía a su primo Adama’. Mi corazón dio un vuelco. ¿Un remplaçante? De repente, lo vi entrar: alto, ébano puro, idéntico a Markus pero más grueso, más bestia. Se acercó, me besó la mejilla, me estrechó la mano a Nathan. ‘Adama, primo de Markus’, dijo con voz grave, ronca. Olía a hombre, a sudor fresco.

La chispa que encendió el fuego

Sus ojos me devoraban. ‘Markus dijo que eras un bombón’, soltó directo. Me temblaron las piernas. ‘Gr-gracias…’, balbuceé. Danaé pasó ondulando el culo, coqueteando con él. Yo sentía la humedad entre mis muslos creciendo. Nathan sonreía: ‘Te va a gustar la sorpresa’. Adama me agarró el brazo, suave pero firme, y me llevó a la mesa con el colchón. Mi respiración se aceleró, el corazón latiendo fuerte. Su mano en mi cintura ardía. Me besó el cuello, suave al principio, luego mordisqueando. Sus dedos por mis curvas, apretando mis tetas. Gemí bajito. La razón se evaporaba, solo quería su polla.

Me empujó contra él, besándome la boca con hambre. Lenguas enredadas, saliva caliente. Mis manos en su pecho duro. Olía a sexo ya, ese aroma almizclado. Se sentó, se bajó los pantalones. Joder, qué verga: gruesa, venosa, más grande que la de Markus. ‘Muéstrame lo que sabes, puta’, ordenó juguetón. Dudé un segundo. ‘¿Así, ya?’ ‘Sí, como la puta y su chulo’. Me arrodillé, la tomé en la boca. Salada, pulsante. Chupé con ganas, lengua alrededor del glande. Él gemía: ‘¡Joder, qué buena boca!’.

Cambiamos a 69. Me subí encima, mi coño chorreando en su cara. Lamía mi clítoris, chupaba mis labios hinchados. Yo devoraba su polla, hasta la garganta. Nathan se unió, lamiendo mi culo. Su lengua caliente en mi ojete, abriéndome. Dedos alternando, metiéndose despacio. Olía a mi propia excitación, a sudor y deseo. Gemí alrededor de la verga: ‘¡Mmmph!’. Mi ano se dilataba, jugoso. Nathan metió el dedo entero, yo vibraba. Adama bebía mi flujo, yo me corría gritando, tragando su leche espesa, caliente, salada. Tragué todo, lamiéndome los labios. ‘Siempre tan rico…’, dije jadeando.

La follada brutal y el clímax sin frenos

‘Tu turno de montar, zorra’, dijo Adama. Se tumbó, polla tiesa. Dudé: ‘Es demasiado gorda…’. ‘Ya verás’. Me guió las caderas, la punta abrió mi coño. Deslicé despacio, centímetro a centímetro. Ardía, me llenaba hasta el fondo. ‘¡Todo entró! ¿En serio?’, exclamé. Él pistoneaba lento, luego fuerte. Nathan untó lubricante en su polla y apuntó mi culo. Entró fácil, sintiendo la verga de Adama a través de la pared. ‘¡Oh Dios, cabrones!’, grité. Nos movíamos en ritmo, follándome las dos puertas. Sudor goteando, pieles chocando, olor a sexo denso. ‘¡Folladme más, putos!’, aullaba yo, corriéndome en espasmos.

Invertimos: Adama en mi culo, Nathan en el coño. Su polla enorme me estiró el ano, lubricado y resbaladizo. Dolor placentero, plenitud total. ‘¡Bordel de mierda, destrozadme!’, chillaba. Pistones brutales, bolas golpeando. Me corrí de nuevo, follando como loca. Ellos eyacularon dentro, semen caliente inundándome. Caí exhausta, culo y coño goteando lefa, cuerpo temblando.

Ahora, tumbada, sudorosa, huelo a pollas y corrida. Nathan me da una nalgada: ‘Buena puta’. Sonrío cansada. ‘Me matasteis… pero quiero más. En tres semanas, en casa, con los dos primos’. Mis ojos brillan. El recuerdo quema: sus vergas en mí, el placer salvaje. Soy una puta feliz.

Leave a Comment