Confesión ardiente: Mi sobrino me folló sin piedad y me hizo correrme como loca

Me llamo Carmen, tengo 42 años y vivo en las afueras de Madrid con mi marido. Mi sobrino Lucas llegó con 18 recién sacado el bachillerato, desde un pueblito en los Pirineos. Mis hermana no podía pagarle piso en la uni, así que le cedí el sótano de la casa. Siempre lo quise mucho, pero con mi marido… uff, no se llevaban. Yo, redondita, con curvas generosas, tetas pesadas y un culo que rebota, siempre he sido abierta al sexo. Ese día de septiembre, lo recogí en Atocha. Hacía calor, llevaba un short ajustado que me marcaba el coño y las nalgas. En el coche, mi blusa se abrió un poco, dejando ver mi sujetador de encaje. Vi cómo me miraba… su polla se endureció en los pantalones. Sonreí para mí, recordando cómo de crío se ponía tieso viéndome agacharme sin bragas.

Se instaló abajo, independiente. Al principio, entre curro de abogada y sus clases, apenas nos veíamos. Pero en noviembre, con el frío, empezó a subir a la cocina por mis galletas. Un día llovía a cántaros, entré empapada. Me quité todo en el baño, encendí el secador. No sabía que él estaba. Me miró desnuda por la rendija: mis tetas colgando, pezones arrugados por el frío, gotas resbalando por mi piel blanca, mi mata de pelo en el coño, húmeda y espesa. Mi culo redondo temblando. Él se tocaba la polla dura, excitado perdido. Hice ruido con la puerta, salí en bata. ‘No sabía que estabas’, dije. Su erección asomaba obvia. Fingí no ver.

La tensión que me quemaba por dentro

Días después, lo pillé mirándome las tetas mientras charlábamos. ‘¿A qué piensas?’, le pregunté. ‘Si supieras…’, murmuró. La tensión era insoportable. Mi coño se mojaba sola recordando su mirada. Él confesó: me vio desnuda, rebuscó en mi cuarto, encontró mis godemichés: el transparente flexible, el de agua con olor a coño, el gordo rosa, el larguísimo de 25 cm. Se masturbaba pensando en mí follándome con ellos. Perdí el control. Agarró mi teta, pellizcó el pezón. ‘¡Para, eres mi sobrino!’, gemí, pero no me aparté. Sus manos calientes bajo mi blusa, mi sujetador balconette… mis pezones duros como piedras. Me besó, abrí la boca. Bajó los pantalones, su polla tiesa, gorda, con glande morado saltó fuera. Se pajeaba frente a mi cara, fuerte, destapando todo.

‘Quítate las tetas, tía, quiero correrlas’, suplicó. Me abrí la blusa, solté las tetas pesadas, areolas rosadas fruncidas. Me tocaba, restregaba su glande caliente en mi pezón. Bajó la mano a mi pantalón, halló mi coño empapado, peludo, labios abiertos. ‘Estás chorreando, puta’, dijo. Metí dedos en mi clítoris hinchado, gemí. Él me la meneaba cerca de la boca. ‘Chúpamela, tía’. La metí, calor húmedo envolviendo su glande, lengua lamiendo el frenillo. Le metí dedos en el culo mientras él me follaba la boca. Me corrí temblando, él eyaculó gritando, leche caliente llenándome la garganta, tragando todo.

El descontrol total y el éxtasis brutal

No paró. Me quitó el pantalón, mi tanga roja empapada. Hundió la cara en mi coño, lamiendo fuerte, olor almizclado, saliva chorreando a mi ano. Lamí su culo también. Me penetró, polla dura hundiéndose en mi coño dilatado. ‘¡Fóllame fuerte!’, grité. Piernas en hombros, embestidas profundas, dedo en mi culo resbaladizo. Cambiamos: godemiché gordo en mi coño, él en mi ano. ‘¡Despacio!’, supliqué, pero gemía de placer. Me corrí gritando, él llenó mi culo de leche. Sudados, abrazados, piel pegajosa, aliento entrecortado.

‘Dime que te gustó, tía guarra’, dijo. ‘Me has puesto el culo como nuevo… pero no le digas a tu tío’. Sonreí, exhausta, coño palpitando, olor a sexo en el aire. Fue el mejor polvo de mi vida, prohibido y adictivo. Ahora, cada vez que lo veo, mi coño palpita recordando esa locura.

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