Dios, qué calor de mierda. Aquí en Argelia, los días y noches se funden en un horno de más de 30 grados. Me tiro desnuda en la cama, el aire apenas roza mi piel sudada. Aburrida, perdida. Mis pensamientos se van directos al sexo. Imagino cuerpos de hombres duros, pollas tiesas rozando mis muslos, mi mano metida en un coño mojado de una tía cachonda. Uf, me pongo a mil.
Mi chochito ya palpita. Veo la puerta abierta del cuarto de mi compañero de piso. Duerme boca arriba, sin camiseta, el pecho subiendo y bajando. Joder, su polla debe estar ahí bajo la sábana, semi-dura por el calor. Me acerco sigilosa, el corazón me late fuerte. Me miro el coño en el espejo del pasillo: hinchado, húmedo, los labios gordos brillando. Empiezo a tocarme despacio, un dedo rozando el clítoris. Su olor a hombre sudado me enloquece. Quiero montarme en su cara, restregarle mi flujo.
La chispa inicial y la tensión insoportable
Pero… ¿y si despierta? La adrenalina me hace correrme casi ya. Me froto más rápido, el dedo entra y sale con un chup-chup suave. Jadeo bajito, “ay, qué rico…”. De repente, él se mueve. ¡Mierda! Corro a mi cuarto de puntillas, la concha ardiendo, chorreando jugos por los muslos.
En mi cama, no aguanto más. Saco mi juguetito favorito: un vibrador grueso, negro, con protuberancias. Mi coño está tan abierto que entra fácil, pero lo aprieto fuerte. El zumbido me hace gemir. Dejo la ventana entreabierta, el sol de la tarde cuela, ¿y si alguien mira? Me da igual, quiero que me vean follándome.
Empiezo suave, el vibro rozando el punto G, mi otra mano pellizcándome los pezones duros como piedras. El sudor me cae por la tripa, huelo a sexo puro, ese aroma almizclado que me pone más. Imagino a mi compi despertando, entrando y clavándome su verga sin decir nada.
La tensión es brutal. Mi razón se va a la mierda. Dos dedos en el culo ahora, mientras el vibro me revienta el coño. Gimo más alto, “¡joder, fóllame!”. Miro por la ventana… y ahí está. El vecino de enfrente, entre las persianas, con la polla en la mano. Grande, venosa, roja. Se pajea furioso mirándome. Nuestras miradas se clavan. Uf, la chispa explota.
El clímax brutal y el orgasmo compartido
No puedo parar. Él acelera, yo abro más las piernas, le enseño mi coño chupado por el vibro. “¡Mírame, cabrón!”, susurro. Su polla gotea precum, brilla. Yo me corro un poco, chorro salpica la sábana. Él gruñe algo en árabe, la mano volando sobre su tronco.
El acto es puro fuego. Saco el vibro, me abro el coño con los dedos, tres adentro, masturbándome el clítoris con furia. La piel quema, el sudor pica en los ojos. Él se pone de pie, polla al aire, bolas colgando pesadas. Nos miramos como animales. Siento el orgasmo subir del estómago, una ola enorme. “¡Voy a correrme!”, grito bajito. Él asiente, ojos en blanco.
Exploto. El coño me palpita, chorros calientes salen disparados al balcón. Veo su leche blanca salpicar su ventana, jetas potentes. Me cambré, la boca abierta en un grito mudo, temblores por todo el cuerpo. Él se dobla, leche chorreando por su mano. Nuestros jadeos se mezclan en el aire caliente.
Caigo rendida en la cama, el cuerpo flojo, feliz. El coño aún late, sensible, oliendo a corrida mía. Él cierra la persiana despacio. Sonrío, exhausta. Sueño con que cruce la calle un día y me folle de verdad. Ese recuerdo me quema todavía, quiero más. Mañana, quizás deje la ventana más abierta…