Dios, París es una puta soledad llena de gente. Yo, una española de treinta y cinco, curvas generosas, tetas firmes y un coño que no para de pedir guerra, vivo aquí rodeada de indiferencia. Cada noche, me pongo desnuda frente a la ventana, el aire fresco rozando mi piel caliente, y enciendo la cam. Busco escape en chats sucios, en MSN o Skype, con desconocidos que me hagan sentir viva.
Una noche, aparece ‘bi-cycle’. Su foto: torso atlético, músculos que brillan bajo la luz de su lámpara, treinta y nueve años de pura virilidad. Hablamos. Sus palabras dulces al principio, luego perversas. ‘Muéstrame tus tetas, guapa’, me dice. Yo, con el corazón acelerado, las libero. Pesadas, oscuras pezonas duras. Él gime. ‘Joder, qué ricas’. Su cam se enciende: polla gruesa, venosa, ya tiesa. Manosea sus huevos peludos, el glande brillando de pre-semen. Huelo mi propia excitación, ese olor almizclado subiendo desde mi entrepierna.
La chispa que prendió el fuego
La tensión crece. Respiramos agitados, micros encendidos. ‘Tócate el coño para mí’, ordena. Abro las piernas, dedos resbalando en mis labios hinchados, jugosos. ‘¡Más adentro, puta!’, gruñe. Yo obedezco, gimiendo, el clítoris palpitante. Él se pajea furioso, la mano volando sobre esa verga enorme. Menciona su accidente, hémipléjico, pero su brazo bueno maneja esa polla como un dios. No importa, me calienta más. ‘Quiero follarte de verdad’, dice de repente. ‘Ven a mi piso’. La razón se va a la mierda. El deseo manda. Cojo un taxi, coño chorreando en el asiento.
Llego. Puerta abierta, él desnudo, cuerpo poderoso pese al lado flaco. Me arrastra adentro, boca en mi cuello, manos everywhere. ‘Quítate todo’, jadea. Lo hago, tetas botando. Me tumba en su cama deshecha. Su boca devora mis pezones, mordiendo suave, lengua girando. Bajo, lame mi tripa, llega al coño. ‘Hueles a sexo puro’, murmura, nariz enterrada. Lengüeta clavada en mi clítoris, chupando fuerte. Grito, ‘¡Sí, joder, no pares!’. Dos dedos gruesos me abren, follándome el coño empapado, sonidos chapoteantes llenando la habitación.
El éxtasis brutal y el dulce agotamiento
No aguanto. ‘Fóllame ya’. Él se pone de rodillas, polla apuntando mi entrada. Empuja, ¡zas!, toda adentro. Llena, estira mis paredes. Gruñe, ‘Tu coño aprieta como una virgen’. Empieza a bombear, salvaje, caderas chocando mis muslos. Sudor goteando, pieles pegajosas. Yo araño su espalda musculosa, ‘Más fuerte, cabrón’. Cambiamos: yo encima, cabalgando esa verga, tetas rebotando en su cara. Él chupa, muerde. ‘Me vengo’, aviso. Exploto, coño convulsionando, chorros mojando sus huevos. Él flipa, ‘¡Qué puta caliente!’.
Sigue follándome, ahora por detrás. Perra en cuatro, culo alto. Esposa mi ano con saliva, dedo entrando mientras me taladra el coño. ‘Quiero tu culo también’. Dudo un segundo, pero digo ‘Dale’. Polla fuera, glande presionando mi ojete apretado. Entra lento, duele rico. ‘¡Joder, qué estrecho!’, ruge. Me folla el culo crudo, bolas golpeando mi clítoris. Manos en mis caderas, tirando pelo. ‘Correte dentro, lléname’. Él acelera, jadeos roncos, ‘Me corro… ¡ahhh!’. Calor inundando mi culo, semen espeso goteando.
Caemos exhaustos, cuerpos enredados, sudor fríos. Su brazo bueno me abraza, el otro flojo pero tierno. Respiramos hondo, olor a sexo impregnado en las sábanas. Risas cansadas. ‘Ha sido brutal’, susurro. Él besa mi frente, ‘Vuelve cuando quieras’. Me visto despacio, piernas temblando, coño y culo palpitando con su recuerdo. Salgo a la noche parisina, sonrisa satisfecha. Ese fuego… lo llevo grabado en la piel.