Trabajo en una empresa de suministros de oficina. Viene este tío, Marc, a formarnos en un nuevo software. Divorciado, unos 45, mirada intensa, sonrisa que derrite. Todas mujeres en la sala, pero yo… uf, desde el primer día sus ojos se clavan en mí. Yo, casada, 40 tacos, dos chavales grandes, pero con cuerpo de veinteañera, piernas finas, tetas firmes. Me pongo faldas cortas, maquillaje suave, para provocarle un poco. Cada martes, entra en mi despacho, rozamos piernas, nos miramos… el aire se carga de electricidad. Huelo su colonia, siento su calor. Él se queda más tiempo del necesario, ajustando la pantalla, y yo… dios, mi coño palpita.
Un miércoles de enero, huelga. La oficina vacía, solo yo. Él entra, sorpresa en su cara. ‘¡Laurita! No esperaba verte’. Sonrío, labios rojos, escote push-up, falda de cuero hasta medio muslo. Charla tonta sobre niños, maridos. Nos sentamos juntos, piernas pegadas. No nos movemos. Tutéamos de repente. Mi mano en la suya guiando el ratón… jadeo bajito. Al despedirnos, me besa la mejilla, pero yo… no sé, le planto un beso en la boca. Se retira, confuso. Mierda, ¿la cagué?
La chispa que enciende el fuego y la tensión que explota
Esa noche, email profesional. Le doy mi mail personal. Al día siguiente, se disculpa: ‘Me atraes, lo siento’. Yo: ‘Yo también. Pero estoy casada, mi marido me folla bien… aunque tú…’. Seguimos mails calientes, pero freno. Semanas de tortura. Miradas, roces. El 31 enero, otra huelga. Despacho vacío. Nos rozamos más, piernas entrelazadas. A las 11:30, no aguanto. Le agarro la nuca, beso salvaje. Lenguas enredadas, aliento corto. ‘Vamos a un hotel’, susurro. Él reserva en el móvil, uno barato, entrada ya. Temblamos de ganas. La razón… puff, voló.
Entramos en la habitación cutre, rez-de-jardín. Puerta cerrada, nos devoramos. Besos eternos, manos en nuca, cintura. Siento su polla dura contra mi vientre. No prisa. Nos sentamos en la cama, besándonos. Manos suben: yo su pecho por la camisa, él mis tetas por el vestido. Desabrocho, besa hombros, desengancha sujetador. Tetas al aire, pezones duros como piedras. Me chupa, tira con labios… gimo fuerte. Levanto falda, culotte blanca. Él se quita pantalón, polla tiesa en slip.
El polvo brutal: polla dura, coño mojado y orgasmos salvajes
Yo acelero: bajo culotte, coñito depilado con pelito castaño. Él liberta verga gruesa. Nos acariciamos sexos sentados: yo huevos y tronco, él labios mayores, clítoris hinchado. Cyprina chorrea, olor a sexo inunda. ‘Chúpame’, pido. Abro piernas, él entre muslos. Lengua en labios, sorbe jugos. Ondulo cadera, grito. Casi me corro. ‘Fóllame ya’. Preservativo, me penetra lento. Centímetro a centímetro, llena mi coño. Pecho contra pecho, sudor, calor. Besos, vaivénes lentos. Acelero, uñas en espalda. ‘¡Me corro!’. Espasmos, aprieto polla.
No sale. Sigo cachonda. Se quita condón, me pone 69. Chupo polla, huevos, hasta glande salado. Él lame coño chorreante. ‘Me vengo…’, jets de leche en cara, pelo. Me limpio con sábana, risa nerviosa.
Abrazados, piel pegajosa, olor a corrida y coño. Ducha rápida, perfume. Sonrisa triste. Beso largo antes de irnos. Él me mira: ‘¿Arrepentida?’. ‘No… pero duele el alma’. Salgo sin volverme. Ahora, cada noche revivo: su polla abriéndome, mis gritos, el semen caliente. Fatiga feliz, pero nostalgia que quema. ¿Volverá? Mi coño dice sí.