Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Soy Patricia, de un pueblito perdido en la sierra. Volví hace meses para arreglar la casa de mis abuelos, y uf… todo cambió con él. Estaba recogiendo escaramujos para mis chinchillas, esas bolitas de pelo que me salvan la soledad. El bosque olía a tierra húmeda, las espinas me pinchaban las manos, y de repente… lo veo. Un tío fuerte, con las manos rayadas como las mías, agachado entre los arbustos. Nuestros ojos se cruzan. ‘¿Buscando escaramujo?’, le digo, riendo. Él asiente, sudado, con esa mirada que ya me pone la piel de gallina.
Hablamos de la tradición del pueblo, del ‘rascapollas’ que usábamos de niños para picar. Él cuenta que su abuelo le enseñó ungüentos secretos para las heridas… con saliva de mujer, dice pícaro. Mi coño se moja un poco solo de imaginarlo. Le invito a casa con la cosecha. ‘Te hago un té y curamos esas manos’. Se va, pero yo ya siento el calor entre las piernas. Media hora después, truena. Llega empapado, chorreando, con esa camisa pegada al pecho. Río, le pongo cerca del fuego. Nuestros cuerpos se rozan. ‘Confío en ti’, dice él. Yo le toco el pecho, suave. ‘Yo también… odio los condones’. Su polla se pone dura al instante contra mi muslo. Froto, beso. Uf, la tensión es insoportable. Quiero follarlo ya, pero juego. Cenamos setas, té, charlamos. Cada roce es fuego. Sus manos en mis tetas, mi lengua en su boca. La razón se va al carajo.
La chispa en el bosque y la tensión que quema
Lo arrastro arriba, a la habitación de mis abuelos. Huele a madera y escaramujos secando. Le cuento sus historias de amor salvaje. Nos besamos, me quito la ropa. Desnuda, levanto la pierna sobre su hombro, como las Nuba me enseñaron en África. Mi coño abierto ante su cara. ‘Lámeme’, gimo. Su lengua entra en mi raja húmeda, chupa mi clítoris hinchado. Huele a mi sexo, salado, caliente. Me corro fuerte, chorro en su boca, piernas temblando. Lo desnudo, su polla tiesa, venosa. Mastico un escaramujo, escupo pulpa en mis pezones. Se los chupa, ardientes, duros. Luego, en su polla: lamo el glande, meto una semilla peluda en su meado. ‘¡Joder!’, grita. Se infla, duele-placer brutal. Su polla explota en tamaño, roja, latiendo.
El polvo brutal y el éxtasis sin frenos
No aguanta. Me tumba, embiste mi coño de un golpe. ‘¡Fóllame duro!’, chillo. Entra hasta el fondo, mi carne lo aprieta, jugos chorreando. Golpes salvajes, piel contra piel, sudor. La semilla quema dentro, él bombea como loco. Siento su tronco rozar mi clítoris, tetas rebotando. ‘¡Me corro!’, ruge. Su leche sale a chorros, caliente, inundándome. Yo exploto otra vez, uñas en su espalda, mordiendo su hombro. Nos fusionamos, espasmos eternos.
Después… ay, qué paz. Sudados, pegados, su polla aún en mí. Hablamos bajito, de bebés, de vida loca. No sé si quedará semilla buena, pero su olor a sexo me embriaga. Me abraza, acaricia mi piel caliente. Duermo feliz, recordando su lengua en mi coño, su corrida dentro. Fue pasión pura, sin filtros. Quiero más.