Confesión ardiente: Mi follada salvaje con un desconocido mientras huía de la poli

Caminaba sola por las callejones oscuros, el corazón latiéndome a mil. La PAV me pisaba los talones, querían usarme de infiltrada en Revebebe, ese rollo de terroristas sexuales. Tilya había muerto por ayudarme, su última frase: ‘Corre y busca a Fritz en el Metropolis’. No tenía ni idea de dónde era eso. Evitaba las luces, los sitios con gente. El sudor me pegaba la ropa al cuerpo, y el miedo me ponía la piel de gallina.

De repente, un chico guapo me para. Pelo revuelto, ojos hambrientos, pantalón ajustado marcando paquete. ‘¿Buscas compañía para acabar la noche?’, dice con voz ronca. Lo miro de arriba abajo, el deseo me traiciona. Estoy acojonada, necesito esconderme, pero joder, está bueno. ‘Eh… ¿cuánto por unas horas?’, balbuceo. ‘Treinta por mí, treinta por el sitio’, responde sonriendo. Miento que solo tengo cincuenta. ‘Vale, sígueme’.

La chispa en la calle y la tensión que me quemaba

Entramos en un edificio cutre. Abajo, una tía impresionante detrás de un ordenador, ojos fríos, tetas perfectas bajo la blusa. ‘Buenas’, digo. El chico le susurra algo, la puerta de cristal se abre. ‘Es un robot’, me dice riendo mientras subimos. Me quedo flipada, pero su culo meneándose delante me calienta más. Tercer piso, apartamento minúsculo sin ventanas. ‘Cyrus, luz’, ordena. Se ilumina. Me siento en el sofá raído, él deambula: ‘¿Caricias? ¿Masaje? ¿Mamada? ¿Sodomi? ¿SM? Págame y soy tuyo’.

Le doy la pasta, pero mi cabeza va a mil con el Metropolis. Él nota mi distracción. ‘¿Estás bien, nena? ¿Cómo te llamas?’. ‘Eh… Lola’. Se acerca, su aliento huele a deseo. Cyrus jode todo el rato con comandos. Sacamos mignonettes de alcohol, bebemos ignorando las broncas del IA. Su mano roza mi muslo, la piel ardiendo. Siento mi coño humedeciéndose, los pezones duros. ‘Fóllame ya’, le digo jadeando. La tensión es insoportable, la razón se va a la mierda. Nos besamos salvajes, lenguas enredadas, mordiéndonos labios.

El polvo brutal y el clímax inolvidable

Lo empujo al sofá, le bajo el pantalón. Su polla salta dura, gorda, venosa, oliendo a macho. ‘Joder, qué pedazo’, gimo. La chupo ansiosa, saliva chorreando, bolas en la mano. Él gime: ‘Sí, así, cabrona’. Me pone a cuatro, me arranca las bragas. ‘Estás chorreando, puta’. Me mete dos dedos, chapotea mi coño empapado. ‘¡Métemela toda!’, grito. Me empala de un empujón, polla abriéndome en canal. Bombeamos como animales, sudor goteando, pieles chocando con palmadas húmedas. ‘¡Más fuerte, rómpeme el coño!’, suplico. Cambiamos, yo encima, cabalgándolo, tetas rebotando, uñas en su pecho.

De pronto, Cyrus grita: ‘Mensaje urgente de la PAV. Fugitiva Lola busca…’. Mi foto sale en pantalla. Él flipa: ‘¡Cyrus, alarma!’. Luces estallan, puerta sellada. ‘¡Para, hostia!’, le grito, pero estoy al borde del orgasmo. Lo abofeteo suave, lo monto de nuevo. ‘Cállate y fóllame, no pares’. Él duda, pero mi coño apretándolo lo enloquece. ‘¡Eres una loca!’, gruñe, clavándomela brutal. La alarma ulula, pero nos da igual. Me corro gritando, chorros calientes, él explota dentro, leche caliente llenándome. ‘Cyrus, café’, imito su voz jadeante. Todo se apaga, puerta libre.

Agotados, sudados, abrazados en el sofá. Risas nerviosas, besos suaves. Mi cuerpo tiembla de placer residual, coño palpitando con su semen goteando. ‘Ha sido la mejor follada de mi vida’, murmura él. Yo sonrío, el recuerdo ya quemándome: su polla dura partiéndome, olores a sexo y sudor, el riesgo acelerando todo. Me visto rápido, le robo unos billetes. ‘Adiós, guapo’. Bajo corriendo, el robot me mira impasible. Salgo a la calle al amanecer, piernas flojas, sonrisa pícara. El Metropolis aún me espera, pero esta noche… inolvidable.

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