Confesión caliente: mi jefe me folló en la oficina y no pude resistirme

Ay, chicas, no sé por dónde empezar… Soy Nicole, contable jefe en la empresa, siempre tan correcta, con mi vida de madre y esposa devota. Pero el viernes pasado, todo cambió. Eléonore, esa chica joven y sin filtro que trabaja de interina, me arrastró de compras. Terminamos en lencería, eligiendo ligueros blancos y medias color carne, justo como le gustan a mi jefe, el señor Picard. Él nos pilló allí, mirándome las piernas con esos ojos hambrientos. ‘Blanco es más chic’, dijo, y yo me mojé al instante.

El lunes llegué tarde, nerviosa. Me puse la falda con botones, escarpines de tacón fino, ligueros ajustados rozándome la piel. El calor de las medias contra mis muslos… uf. Entré en su despacho, él me miró de arriba abajo. ‘Estás deliciosa, Nicole’. Me invitó a café, su mirada clavada en mis nalgas moldeadas por la falda. Caminando delante, sentía su aliento en la nuca, el roce de sus ojos en mi culo.

La chispa que encendió el fuego

De vuelta, me pidió ver un dossier. Me incliné sobre la mesa de cristal, y entonces… su mano. Dios, su mano grande y cálida se posó en mi rodilla. Subió despacio, rozando la media, el crujido del nailon contra mi piel. ‘¿Tienes frío?’, murmuró, mientras sus dedos jugaban con la hebilla del liguero. Yo temblaba, el coño palpitando, empapado. Intenté protestar, ‘Señor… no…’, pero mi voz era un susurro ahogado. La tensión era insoportable, mi clítoris hinchado pidiendo más. Su aliento caliente en mi cuello, el olor a su colonia mezclado con mi humedad. No podía moverme, paralizada, el deseo me quemaba por dentro. La razón se fue al carajo cuando su mano subió más, tocando piel desnuda.

No sé cómo pasó, pero de repente me giró, me besó con furia. Sus labios duros, lengua invadiendo mi boca, saboreando mi saliva. Me arrancó la blusa, botones volando, mis tetas saltando libres, pezones duros como piedras. ‘Joder, Nicole, qué puta tan rica’, gruñó, chupándome un pezón mientras su mano bajaba la cremallera de la falda. Caí de rodillas, la falda abierta, ligueros expuestos. Saqué su polla, enorme, venosa, goteando precum. ‘Chúpala’, ordenó. Abrí la boca, tragándomela hasta la garganta, el sabor salado, sus pelotas pesadas contra mi barbilla. Él me follaba la boca, jadeando, ‘Sí, así, zorra de oficina’.

El clímax brutal y el éxtasis

Me levantó, me tumbó sobre la mesa, el cristal frío contra mi espalda ardiente. Separó mis piernas, lamió mi coño depilado, ‘Estás chorreando, puta’. Su lengua en mi clítoris, dedos abriendo mis labios, metiendo dos, tres, follándome con la mano. Gemí alto, ‘¡Fóllame, por Dios!’. Empujó su polla gruesa de un golpe, rompiéndome, el estiramiento brutal. Me taladraba, piel contra piel chapoteando, sus huevos golpeando mi culo. ‘Tu coño es mío’, rugía, pellizcándome los pezones. Yo arañaba su espalda, ‘Más fuerte, joder, rómpeme’. Cambiamos, yo encima, cabalgándolo, tetas rebotando, ligueros tensos. Él me azotó el culo, rojo marcado, ‘Salope, córrete’. El orgasmo me explotó, chorros de jugo empapándolo, gritando su nombre.

Él se corrió dentro, leche caliente llenándome, desbordando por mis muslos. Colapsamos, sudorosos, su polla aún palpitando en mí. Me besó suave, ‘Eres increíble’. Yo, exhausta, feliz, piernas temblando, el olor a sexo impregnando el aire. Ahora, cada vez que paso por su despacho, recuerdo esa polla dura, mi coño abierto, el placer prohibido. Eléonore tenía razón: soy una hembra en celo. Y quiero más.

Leave a Comment