Confesión ardiente: Mi hija y yo folladas por dos fans en Qatar

Esta mañana abrí los ojos con la boca pastosa, desnuda en una cama gemela de esa habitación para fans franceses en Qatar. A mi lado, un tío igual de desnudo, su polla gorda reposando sobre su muslo peludo. No recordaba ni su nombre. Miré al otro lado: mi hija Marta, también en pelotas, con otro desconocido encima. Joder, ¿qué coño había pasado?

Poco a poco, los recuerdos volvieron. Javier y Carlos, dos colegas de treinta, guapos a su manera, nos habían pillado desde que llegamos al grupo de supporters. Sin maridos –el mío con covid, el de ella protestando por el Qatar–, nos sentíamos libres. Vestiditos cortos por el calor, sin sujetador, pechos firmes asomando. Ellos, protectores, manos curiosas rozándonos las tetas, nudos duros traicionándonos.

La chispa que encendió todo

La victoria de los Bleus anoche fue la gota. Alcohol ilegal fluyendo, euforia pura. Javier me susurraba al oído, su aliento caliente en mi cuello. ‘Estás buenísima para tu edad’, dijo, y su mano bajó a mi culo. Marta con Carlos, igual, riendo, frotándose. Yo, con mis cincuenta y pico, me sentí deseada. ‘Mamá, déjame la habitación esta noche’, me dijo ella bajito. ‘¿Para qué?’, pregunté. ‘Para follar. Con los dos’. Me quedé muerta. ‘¿Y tu marido?’. ‘Solo follar, no amor. Porfi’. Yo: ‘Ni de coña, voy contigo’. Ella: ‘¿Quieres follar tú también?’. ‘¿Por qué no? ¿Estoy vieja?’. Y así, las cuatro entramos en la habitación, el aire cargado de deseo.

La tensión era insoportable. Nos miramos, ellas impacientes. ‘Yo cojo a Javier, tú a Carlos’, dije yo, mandona. Se quitaron la ropa rápido. Sus pollas saltando, gruesas, venosas. Olía a sudor y excitación. Me arrodillé ante Javier, su verga dura en mi cara, calor palpitante. La lamí, salada, mientras Marta chupaba la de Carlos con ruidos húmedos.

El polvo brutal y el clímax anal

Él me tumbó, piernas abiertas. ‘Estás chorreando’, gruñó, metiéndomela de un golpe. Joder, qué llena me dejó. Más grande que la de mi marido. Embestidas brutales, mi coño ardiendo, piel sudada pegándose. Marta gimiendo al lado: ‘¡Sí, fóllame fuerte!’. Cambiamos posturas, yo cabalgando, tetas botando, su polla rozando mi punto G. ‘¡Me corro!’, grité, jugos empapando las sábanas.

Pero queríamos más. ‘En el culo’, pedí yo, jadeando. Hacía años no lo hacía. Javier escupió en mi ojete, empujó lento. Dolor dulce, luego placer puro. ‘¡Joder, qué apretada!’, dijo. Marta igual, a cuatro patas: ‘¡Métemela toda!’. Nuestros ojos se cruzaron, gemidos idénticos, pelo suelto volando. Ellos nos taladraban los culos, huevos chocando, olor a sexo denso. ‘¡Me vengo en tu culo!’, rugió Javier, chorros calientes llenándome. Carlos igual con ella. Besos babosos después, cuerpos temblando.

Ahora, exhausta, feliz. Javier se despierta, su polla endureciéndose otra vez en mi mano. Marta ya mama la de Carlos, ruidos slurpy. Nos follan de nuevo, coños y culos revueltos. Días después, más polvos, hasta la derrota. Adiós en el aeropuerto, secreto nuestro. Ese viaje fue el mejor polvo de mi vida. Aún siento sus vergas dentro.

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