Esta noche… estaba sola, como siempre cuando no estás. La tele echaba un documental sobre el Salar de Uyuni, esa sal blanca en Bolivia, gente luchando contra la naturaleza dura. Me absorbía, ¿sabes? Pensando en lo privilegiados que somos aquí.
De repente, un ruido de arriba. Primero rítmico, tac-tac, como un bajo constante. No le presto atención al principio. Pero luego… ¡bum! Golpes fuertes, intensos. Subo la cabeza. Es la habitación de mis vecinos, justo encima del salón. El marido, ese tío guapo que me cruzo en las escaleras, con su sonrisa pícara. Están follando. Ay, madre…
La chispa que me hizo arder
Me olvido del desierto boliviano. Solo oigo sus jadeos, el lit bed golpeando el suelo. Ritmo irregular, como embestidas salvajes. La imagino a ella a cuatro patas, culazo en pompa, él de rodillas clavándosela hasta el fondo. Su polla dura, palpitante, entrando y saliendo de su coño mojado. ¡Joder, qué envidia! Mi corazón late fuerte, siento un calor entre las piernas.
Y entonces te recuerdo a ti. Tu polla gruesa abriéndome, llenándome. Uff… mi clítoris palpita solo de pensarlo. Los gemidos de ella suben, se acerca al orgasme. ¿Por qué no estás aquí, cabrón? Necesito tu verga conquistándome, rompiéndome. La razón se va a la mierda. Mi mano baja sola, se mete en las bragas. Estoy empapada, resbaladiza. El olor a sexo sube, mezclado con el suyo de arriba.
Encuentro mi botón hinchado, lo rozo… ay, sí. Jadeo bajito, imitando a la vecina. Lo aprieto fuerte, lo castigo por ser tan puta. Rápido, círculos duros. Mis caderas se arquean, piernas abiertas como si te esperara. “Ven, fóllame…”, susurro. El lit de arriba truena más. Ella grita, se corre. Yo exploto. Una ola me revuelve, contorsiono el cuerpo, mi coño chorrea jugos calientes por los muslos. Bienestar total, me deshago.
Apago la tele, me duermo en el sofá, exhausta pero no satisfecha. Sueño contigo toda la noche. Al amanecer, luz filtrando, me despierto con el coño aún latiendo. Te echo de menos, amor. Solo tú me llenas de verdad.
El clímax brutal y el sueño prohibido
En el sueño… estamos en la cama, mañana fresca. Tú pegado a mí, yo de barriga abajo, vestida. Tus manos recorren mi espalda, bajan a mis nalgas, lento, torturándome. “¿Quieres que te folle?”, murmuras en mi cuello, aliento caliente. Asiento, sin palabras. Subes mi jersey, lo quitas. El tuyo también. Tu pecho duro contra mi piel, suspiras. Desabrochas mi sujetador, besas mi espina dorsal. Frío por todo el cuerpo.
Bajas al pantalón, lo deslizas, mi tanga ya húmeda. Agarras mi culo con fuerza, lo amasas. Sientes mi calor. Tu polla roza mi raja, dura como hierro. “Estás chorreando por mí”, dices. Un dedo entra, remueve mi humedad. Gimo: “Por favor… métemela ya”. Te colocas encima, peso delicioso. Empujas despacio, centímetro a centímetro, tu verga abriéndome el coño. Lleno, estirado. Tus labios en mi nuque, mordisqueas la oreja.
No me puedo mover, inmovilizada bajo ti. Embestidas profundas, brutales. Plaf-plaf, tu pubis contra mi culo. “¡Más fuerte!”, pido. Aceleras, sudas, el olor a macho me marea. Tu polla palpita dentro, golpea mi punto G. Siento tus huevos contra mí, pesados. Me corro primero, grito ahogada en la almohada, coño apretándote. Tú sigues, gruñes: “Me voy a correr… toma mi leche”. Eyaculas caliente, chorros dentro, rebosando.
Despierta el día, pero el sueño quema. Me toco otra vez, suave, recordando tu semen goteando. Vuelve pronto, mi semental. Escribirte me pone cachonda de nuevo. 628 palabras.