Confesión: La monja que me abrió el coño en la ducha del convento

¡Dios, aún me tiemblan las piernas al recordarlo! Me llamo Emilia, tengo 18 años, y mi padre me mandó a ese puto convento en la montaña porque mis notas eran una mierda. Todo el viaje en silencio, odiándole. Pensaba en Johan, mi novio, en cómo nos tocábamos sin follar nunca… Sus dedos en mi coño húmedo, mi boca chupando su polla hasta que se corría. Pero adiós a eso.

Llegamos al pie de la montaña. Un guardia tuerto sin dientes nos abrió la barrera. Mi padre se quedó atrás, yo subí sola en un ascensor dentro de la roca. Salí a un paraíso verde, silencio total. Una monja venía hacia mí: ‘Hola, soy Hermana Lucía, tengo 23 años. Bienvenida, Emilia’. Hermosa, ojos verdes, sonrisa pícara bajo el hábito negro y blanco.

La llegada y la chispa que enciende todo

Me llevó al castillo medieval. Corredores eternos, hasta la directora: Madre Isabel, 47 años, severa. ‘¡A la ducha purificatrice!’. Sin cenar, por protestar. Lucía me mostró mi celda diminuta, número 254. Levantó su hábito para sacar las llaves de su cinturón… ¡Nada debajo! Piernas perfectas, muslos firmes. Me puse el uniforme encima de mi ropa, por si acaso.

En las duchas, como vestuario de gym. ‘Diez minutos de agua caliente. Tengo que vigilarte’. Se bajó la cremallera del cuello, el hábito cayó. Cuerpo desnudo, tetas grandes, pezones rosados ya duros. Piel suave, vientre plano, triángulo de vello negro bien recortado. Se metió bajo el agua, jabón por todas partes. Sus manos en los brazos, cuello… bajó a las tetas, las masajeó lento. Suspiró, pezones tiesos como piedras.

Yo la miraba, hipnotizada. El corazón me latía fuerte, mi coño empezaba a palpitar. Ella bajó las manos al vientre, muslos… se abrió de piernas. Dedo en el clítoris, girando. ‘Mmm… ahh…’, gemía bajito. Otra mano pellizcando tetas. Se sentó en el suelo, empapada, piernas abiertas del todo. Mi boca seca, calor subiendo por mi cuerpo. Su dedo entró en el coño, chup chup, rápido. Se corría ya, pero seguía.

No aguanté. La tensión era insoportable, mi razón se fue a la mierda. ‘¿Necesitas ayuda?’, murmuré, quitándome la ropa a toda prisa. Agua caliente en mi piel, tetas libres, coño empapado sin tocarme.

El fuego desatado en la ducha

Me acerqué, rodillas temblando. Ella abrió más las piernas, ojos suplicantes. ‘Sí… por favor… tócame’. Mi mano en su coño resbaladizo, caliente como lava. Clítoris hinchado, lo froté fuerte. ‘¡Joder, sí! Más rápido’. Dos dedos dentro, su chocho apretado succionándolos. Olía a sexo puro, sudor y jabón mezclado. Ella jadeaba, ‘¡Emilia, qué bien…!’.

Agarré sus tetas, chupé un pezón duro, mordí suave. Su mano bajó a mi coño, dedo rozando labios, entró directo. ‘Estás chorreando, puta cachonda’. Follando mi clítoris con el pulgar, otro dedo en mi ano. Grité, ‘¡Ahh, coño! No pares’. Nos frotábamos como animales, agua cayendo, vapor everywhere. Ella se levantó un poco, me besó salvaje, lengua profunda, sabor salado.

La puse contra la pared, dedos tres en su coño, bombeando duro. ‘¡Me corro! ¡Sííí!’. Chorros calientes en mi mano, cuerpo convulsionando, uñas en mi espalda. Yo exploté después, su boca en mi teta, dedos girando en mi chocho. Orgasmo brutal, piernas flojas, grité tan fuerte que eco en las baldosas. Nos corrimos juntas otra vez, frotando coños, clítoris contra clítoris, resbalosas de jugos.

Se calmó el agua. Ella se levantó, jadeando, sonrisa satisfecha. ‘Lávate rápido, guapa. No queda caliente’. Se vistió, me guiñó ojo. ‘Buenas noches en tu celda. Mañana más… purificación’. Yo me enjuagué temblando, coño palpitando aún, olor a corrida en la piel.

En la cama, exhausta, feliz. Ese recuerdo me quema: su coño apretado, gemidos roncos, mi primer polvo lésbico brutal. Quiero más, joder. El convento ya no parece castigo.

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