Cuando Ben abrió la puerta y vio mi cara, su primer impulso fue cerrarla de golpe. Conocía esa mirada mía, esa chispa en los ojos que no olvida. Hace meses que no nos veíamos, pero ahí estaba. Abrió un poco más, pero no se movió.
—Ey —dije, fingiendo naturalidad.
La Chispa Inicial y la Tensión que Nos Consumió
—¿Qué quieres?
Bajé la cabeza, como avergonzada, pero era mi truco viejo.
—Lo sabes… —murmuré, levantando la vista.
Ben suspiró, apoyándose en el marco, cerrando los ojos un segundo para huir de los míos.
—¿Rompieron? —preguntó, sabiendo la respuesta.
—No. La quiero.
—Claro que la quieres —dijo seco. Lo había oído mil veces.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
Perdí la calma, miré al suelo.
—La quiero de verdad, estar para ella, fuerte… cuidarla. Pero…
—¿Pero? —insistió.
Avancé la garganta, asentí.
—Pero no es suficiente. Necesito cosas que ella no entiende.
—¿Y yo sí? —intentó sarcástico, pero sonó débil.
—Tú sí. Lo sé.
Silencio. Sus palabras me calentaron por dentro. Sabía que él también ardía.
—Es una mierda, ¿verdad? —dijo.
Me encogí de hombros, indefensa. No diría ‘por favor’, pero mi cuerpo lo gritaba.
—¿Qué quieres exactamente?
Sonreí torcido.
—Dejarme entrar sería un buen inicio.
Retrocedió, pero paró.
—Si entras, te quedas toda la noche —exigió, fingiendo fuerza.
—Vale, puedo hacerlo.
Entré, ojos clavados. La tensión era eléctrica, familiar. Ese deseo del primer día, ignorado tanto tiempo. Esta noche, no.
—¿De qué necesitas? —preguntó torpe.
—Casi todo esto… —avancé a sus brazos, pegué labios.
Tembló. Yo siempre fui demasiado para él. Beso profundo, lengua dentro, dedos en su mandíbula. Sus brazos me apretaron. Al separarnos, froté mi mejilla en la suya, áspera.
—¿Qué más? —susurró en mi oído, aliento caliente.
Me separé, cogí la bolsa del umbral.
—Traje cositas.
—¿Tan seguro? —gruñó.
—Optimista.
Fui al baño, cerré con llave. Él se cambió a slip rojo, esperó nervioso en la cama. Yo salí: botas negras hasta muslo, falda rosa lycra corta, pelo recogido, pendientes dorados. Maquillaje sutil en ojos ámbar.
El Sexo Brutal: Polla, Lamidas y Follada sin Límites
Me miró devorándome. Tragué saliva, caminé lento por los tacones.
—Joder… —fue todo.
Sonreí, subí a sus rodillas, manos en hombros. Sus palmas en mis caderas, subiendo costillas, admirando curvas.
—¿Es de ella esa falda? —preguntó.
—Prestada. No notará.
Subí la falda, sus dedos en muslos lisos, subiendo… tocando mi erección bajo satén.
—No sus bragas, ¿eh? —dijo, frotando.
—Las tuyas, las que me compraste.
Perdió control, agarró mi nuca, besó feroz. Mordí su labio.
—Me has faltado —exhaló.
—Y tú a mí.
Besos en mandíbula, garganta, clavículas. Olía a él, piel caliente.
—¿Te dice lo guapo que eres? —preguntó, lamiendo pezón.
—No.
—Debería. Cada día.
Bajó bretel, lamió pecho. Gimiendo, lo tumbé en cama. Él encima, arañando muslos, abriéndome.
—Seré yo esta vez. Déjame cuidarte.
Chupó mi pulgar, ojos lujuriosos. Bajó, besos en rodillas, lamidas en muslos. Mordió suave, chupó fuerte, dejando marca. Olía a sexo ya, humedad.
Lamió slip, mojó tela en mi polla. Retrósala, besó vientre, sacó glande, lamió punta rosada, succionó. Mano en base, bolas. Ritmo lento, lengua en frenillo. Grité, embestí.
Se apartó, quitó slip. Tragó toda polla, garganta profunda. Mis caderas siguieron, gemí alto.
Levantó piernas, beso en ano. ¡Joder! Primera vez. Lamidas suaves, luego firme, punta lengua dentro. Sabor picante, él gimiendo contra sábanas, excitado.
Dedos lubricados, uno, dos… apretado.
—¿Desde cuándo no? —preguntó.
—Desde nosotros.
Sorprendido, puso condón, lubri. Frotó glande en entrada.
—Dime cuánto lo quieres.
—Te necesito a ti.
Empujó lento, gemimos. Piernas en hombros, falda agarrada. Estrecho, ardiente. Ritmo profundo, aceleró, piel chocando.
—Más fuerte —supliqué.
Folló brutal, polla hundiéndose. Mano en mi polla, pajoteó. Grité orgasmo, semen en su mano. Él eyaculó dentro, tenso.
Caímos exhaustos. Sudor, saliva mezclada. Quitó condón, yo robe. Cubierta, abrazados. Su cabeza en mi pecho.
—¿Cómo lo explicas? —preguntó, mano en mi culo.
—No notará.
—Dame un rato… quiero follarte yo —murmuró, dedo en mi ano.
Asentí, besándonos. Mañana dolería, pero valía.