Estábamos en la sacristía, eh… el aire cargado de incienso y sudor. Acababa de follarme a mi amante, mi polla… digo, su polla enorme aún palpitaba dentro de mi coño, que goteaba una mezcla de semen y mi jugo. Los cortinones rojos de la puerta se movieron. Miré, el corazón en la garganta. Sor… Madre María, la superiora, apareció en la penumbra de la vela.
—Madre… —susurré, pegándome a su espalda, mis tetas temblando contra él. Sentía sus pezones duros rozándome la piel, y joder, eso me puso cachonda otra vez a pesar del miedo.
La llegada que encendió todo
Ella avanzó despacio, sin decir nada. Sus ojos azules, casi violetas, nos miraban. No estaba enfadada. Lágrimas rodaban por sus mejillas pálidas. Se acercó a la cama deshecha.
—Así que… pasó —dijo suave, sentándose al borde.
—Todo es mi culpa, Madre. Sor Cecilia no… —balbuceó él.
—¡No! ¡Yo lo quise! —grité, incorporándome, rebelde.
Sonrió. Dios, qué guapa era. Su hábito ocultaba curvas que intuía. Y entonces… vi su mano bajar a mi muslo, rozar mi coño pegajoso. Cogió un dedo de semen y sangre virginal. Lo lamió.
—Sabía que pasaría. Os vi juntos. No soy tonta.
Mientras hablaba, su otra mano tocó su polla, que se endurecía. La rodeó, masturbándolo lento. Yo jadeaba, mirando. Mi clítoris palpitaba.
—Os deseo tanto… Hace años que no follo.
Sus mejillas enrojecieron, su pecho subía rápido bajo la túnica. Perdí la cabeza. Le toqué la teta por encima de la tela. Firme, el pezón duro. Él le quitó el velo, liberando su pelo rubio corto. Besó su cuello, oliendo a piel caliente.
—Oh… mis niños… necesito amor…
Le desabroché el hábito con manos temblorosas. Cayó al suelo. Solo un corsé apretando tetas grandes y un culotte de seda. Sonreí pícara. Él se arrodilló, bajándole la braguita. Poil blondos, olor a coño mojado, musgoso.
El polvo brutal y el clímax explosivo
Sus tetas libres, rosadas, pezones erectos. Yo las pellizqué, ella gimió. Nos besamos, lenguas enredadas, salvajes.
La tensión era insoportable. Mi coño chorreaba de nuevo. La razón se fue a la mierda.
Él abrió su coño maduro, lamió el clítoris. Ella empujó caderas, gruñendo. Bajó la lengua al agujero, sorbiendo sus jugos salados. Nos caímos en la cama, ella encima de mí en un 69 brutal.
Su coño en mi cara, labios hinchados, clítoris hinchado. Lamí como loca, metiendo lengua profunda. Ella devoraba mi coño, chupando mi semen de antes. Olor a sexo puro, sudor, piel caliente. Sus nalgas tensas, ano moreno palpitando.
Él se puso detrás. Lamí su raja, desde coño a culo, mezclando saliva. Me guiñó un ojo y apartó su lengua. Agarró su polla gorda, roja, y la clavó en su coño de un empujón. ¡Zas! Hasta el fondo. Ella chilló, corriéndose ya, squirtando jugo en mi boca.
Él la taladraba, bolas golpeando mi frente. Yo lamía debajo: su polla entrando-saliendo, huevos peludos, su clítoris. Ella contraía el coño, ordeñándolo. Yo metí un dedo en su culo, apretado, caliente.
—Fóllame más… ¡joder, sí! —rugió ella, voz ronca.
Sus contracciones aceleraron. Él gruñó, eyaculando chorros calientes dentro. Semen rebosaba, cayendo en mi boca. Tragué, lamiendo todo. Mi orgasmo explotó, cuerpo convulso.
—Dios mío… gracias… —jadeó ella.
Se giró, su coño aún con su polla dentro. Me besó, semen en labios. Agotados, abrazados. Su piel sudada pegada a la mía, olor a corrida, coños follados, tetas flojas. La vela se apagó, luna pintando nuestros cuerpos en colores locos.
Alleluya… susurró ella, riendo bajito.
Fatiga dulce nos invadió. Recordaba su coño apretado, su squirt en mi cara, su polla llenándonos. Mañana… más misas paganas. Aleluya.