Ay, chicas, aún siento el calor en la piel recordándolo. Mi novio Gerard y yo, unos españoles en París, quisimos probar sushi auténtico. Ese restaurante junto al Sena, con vistas hipnóticas. Llegamos temprano, como mandaba la guía, y nos sentaron frente a los chefs. Primerizos totales, pedimos ayuda al maître.
Apenas mordiendo los primeros nigiris, llega esa pareja… Ella, Beatriz, unos cuarenta, alta, bruna, con un look de abogada pija: blusa blanca, falda plisada negra, tacones. Él, Bernardo, traje impecable, aire de jefe. Habituales, el chef los saluda efusivo. Yo a la izquierda de ella, Gerard enfrente.
La chispa que encendió todo
Nos ven torpes con los palillos. Beatriz sonríe: ‘¿Novatos, eh? Soy Beatriz, abogada. Él, Bernardo, mi marido, socio mío’. Charlamos, ellos eligen por nosotros. Sushis frescos, teppanyaki chisporroteando… El vino tinto que traen afloja todo.
De repente, siento su rodilla rozando mi muslo izquierdo. Suave, insistente. ‘Relájate, es fácil’, dice guiando mi mano con la suya, cálida, temblorosa por la emoción. Gerard nota lo mismo con Bernardo detrás de mí, corrigiendo mis palillos… pero apretando más. El corazón me late fuerte, el aire se carga. Sus ojos, pícaros. La tensión sube, insoportable. Sudor en la nuca, olor a soja y deseo.
Postre flambé, armagnac. ‘Café en casa’, suelta Bernardo. Vivían en la torre de enfrente. ¿Aceptar? Gerard duda, yo asiento, el vino manda. Cruce la calle, ascensor subiendo al ático. Piso lujoso, terraza con Torre Eiffel brillando.
Café, risas. Beatriz se va a ‘refrescar’. Vuelve… Dios. Batas de seda negra, transparte, pezones duros asomando, tanga, liguero, medias. Se sienta en el regazo de Bernardo. ‘Nuestra tradición con buena compañía’, dice él. Gerard y yo, mudos, cachondos. Otro trago de fine Napoléon.
Sugieren vestuario a mí. Beatriz me arrastra al cuarto. Vuelvo con bata blanca transparente, tanguita de encaje. Mis tetas grandes, pezones rosados tiesos. ‘¡Qué preciosidad!’, exclama Bernardo. Champagne fluye.
El clímax brutal y el aftermath ardiente
Juego: ojos vendados, besar partes del cuerpo, adivinar. Empiezo yo, vendada. Lenguas en mis tetas: Gerard, obvio. Luego ella, ágil, lametazos precisos… Dudo, fallo. Bernardo, voraz, succiona fuerte, placer me invade. Fallo otra vez. Punto negativo, pero gimo bajito.
Mi turno en sus tetas firmes. Las lamo con ganas, nunca hice eso. Ella me reconoce. Bernardo, fácil. Gerard la hace gemir: ‘¡Ay, qué rico, Gerard!’.
Siguiente: culos fuera. Yo desnudo a Beatriz, coño hinchado ya, húmedo. Vendada en sillón, piernas abiertas. Huele a sexo, cyprine brillando. Gerard primero, lame profundo, ella tiembla, me reconoce. Yo voy, ansiosa, chupo su clítoris, ella grita placer. Bernardo la folla con lengua, orgasmea gritando.
Ahora yo, abierta, expuesta. Mi coño palpitante, jugoso. Beatriz delicada, lengua experta, reconozco. Bernardo ataca clítoris, titila, me corro casi. Gerard final: aspira fuerte, gime ‘¡Solo Gerard me hace eyacular así!’. Orgasmo brutal, chorro caliente en su boca.
Beatriz gana. ‘Quiero esta noche contigo’, dice abrazándome. Nos besamos, lenguas enredadas, tetas rozando. Tiramos a la cama, puerta cerrada. Sus manos en mi coño, dedos dentro, bombeando. ‘Fóllame, Beatriz’, suplico. Tribbing salvaje, clítoris chocando, sudorosas, jadeos. Olor a coños calientes, fluidos mezclados. Ella me come el culo, lengua profunda, yo la monto, frotando hasta corrernos juntas, gritos ahogados.
Desnudas, exhaustas, piel pegajosa. Besos lentos, risas temblorosas. ‘Increíble’, murmuro. Gerard y Bernardo fuera, sonriendo. Recuerdo su sabor salado, el pulso en mis tetas, el vacío feliz. París nunca fue tan puta.