Mi Noche Prohibida con Milord: Confesión Caliente del Puerto

Estaba en el puerto esa noche de tormenta, el viento azotaba como un loco, olía a sal y a pescado podrido. Vi a ese tipo, elegante pero destrozado, parado como una estatua mirando el barco que se perdía en la oscuridad. Su prometida se iba, lo sabía por su cara. Transido, con la mano en el bolsillo, como si quisiera pegarse un tiro. Me acerqué, rozando su brazo. ‘Ven, milord, hace frío aquí fuera. Entra en mi reino, te voy a curar esos remordios’. Lo miré con ojos pícaros, mi falda corta dejando ver mis muslos. Él dudó, pero mi voz suave lo atrapó.

Lo llevé a la taberna, llena de borrachos, humo de tabaco y risas roncas. Nos sentamos en un banco cojo, lo abracé por los hombros, pegué mi teta contra su brazo. ‘Siéntate, milord, pon tus penas en mi corazón, tus pies en la silla’. Olía a colonia cara y a desesperación. Le canturreé bajito, rozando su oreja: ‘Allez, venez, milord…’. Sentí su polla endurecerse contra mi cadera. Uf, qué calor. Mis dedos jugaron con los suyos, mi aliento en su cuello. Él jadeaba ya, los ojos vidriosos. ‘No puedo… ella se fue…’, murmuró. Yo sonreí, apreté más mi coño contra su pierna. ‘Déjate llevar, amor. Yo te hago olvidar’. La tensión subía, mi chochito se mojaba solo de oler su sudor. Lo besé el cuello, lamiendo sal. Él gimió, su mano apretó mi muslo. La razón se fue al carajo cuando me subí a su regazo ahí mismo, frotando mi raja húmeda sobre su bulto duro. ‘Fóllame, milord, ya no aguanto’. Nos levantamos tambaleando, subimos las escaleras crujientes a la habitación.

El Encuentro que Enciende la Llama

La puerta se cerró de un portazo. Lo tiré en el catre, los sábanas ásperas oliendo a sexo viejo. Me quité la blusa, mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. Él me miró babeando. ‘Dios, qué puta tan rica’, susurró. Me arranqué la falda, mi coño peludo chorreando jugos, lo vi palpitar. Me subí encima, agarré su polla gorda, venosa, la saqué del pantalón. ‘Mira qué verga tan grande, milord. Para mí’. La froté contra mis labios hinchados, untándola de mi lefa. Uuuuh, qué caliente. Bajé despacio, su glande abriéndome el coñito. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, gruñó él, clavándome las uñas en las nalgas. Empecé a cabalgar, lento al principio, girando las caderas, mi clítoris rozando su pubis. Plaf, plaf, el sonido de carne contra carne. Sudor goteando, su pecho mojado, olor a coño y polla mezclado. ‘Más rápido, zorra, fóllame duro’, jadeó. Aceleré, rebotando, mis tetas bailando, pellizcándome los pezones. Él me chupaba, mordía. ‘¡Sí, milord, métemela toda!’. Sentí su verga hincharse, golpeando mi cervix. Grité, mi coño se contrajo, venida brutal, chorros calientes bajando por sus huevos. Él no paraba, me volteó, me puso a cuatro, embistiéndome como un animal. ‘¡Toma, puta del puerto, tu coño es mío!’. Pum pum pum, bolas contra mi culo. Le metí un dedo en el ojete, lo volví loco. ‘¡Me corro, joder!’. Su leche caliente me llenó, desbordando, chorreando por mis muslos.

Caímos exhaustos, pegados, sudor y semen pegajosos. Él temblaba, una lágrima le rodó. ‘Pero… ¿lloras, milord?’, le susurré, acariciando su cara. ‘Sonríe, amor, bravo, encore…’. Lo besé suave, su polla aún medio dura dentro de mí. Me quedé quieta, sintiendo los latidos de su corazón contra mis tetas. ‘Tú me salvaste, chica del puerto. Nunca follé así’. Yo reí bajito, exhausta pero feliz, el cuerpo pesado de placer. Él se durmió, yo lo miré, sabiendo que al amanecer se iría. Pero ese polvo, uf, me quema todavía. Su olor a hombre follado, el sabor de su corrida en mi boca. Una noche que cambió todo, sin promesas, puro fuego.

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