Ay, Dios… Aún tiemblo al recordarlo. Soy Alba, y esta es mi confesión más sucia. Mi hermanastro Álvaro… Joder, lo deseaba desde hace años. Desde aquella playa en las vacaciones familiares, cuando me provocó quitándome el nudo del bikini. Sus ojos en mis tetas desnudas, mi coño casi al aire con ese tanga ridículo. Me rechazó, dijo que era demasiado joven. Me dolió, pero me mojé como una puta. Luego, transformé su habitación en un caos gótico para cabrearlo, para que me mirara. Se fue furioso, me odió. O eso creí.
Han pasado años. Trabajo con mi madre Magdalena en casa de mi padrastro Javier. Álvaro es ahora un hombre hecho, musculoso del oficio de herrero. Lo vi en la casa de los compañeros en Nîmes… No, en Valencia, aquí en España. Mis ojos no lo soltaron. Noelia, su jefa y amante, lo pilló. Me arrastró a su habitación esa tarde, la que yo había devuelto a su estado original. ‘Confiesa, puta, lo amas’, me dijo. Lloré, admití todo. Planeamos la trampa perfecta.
La chispa que encendió el fuego
Cena familiar tensa. Sonrisas falsas, mi coño palpitando bajo la mesa cada vez que rozaba su pierna. Subimos al piso de arriba. Noelia se metió primero al baño, yo esperé en mi cuarto, desnuda, piel ardiendo. Entré sigilosa en la oscuridad. Su cama crujió cuando me deslicé a su lado. ‘¿Noelia?’, murmuró. Mi mano en su pecho, bajando… Su polla ya dura bajo los calzoncillos. ‘Alba… ¿qué coño haces?’, jadeó, pero no me paró. La tensión era insoportable. Años de odio fingido, de miradas calientes en la playa, de rencor por su rechazo. Mi boca en la suya, lengua invadiendo, sabor a vino y deseo. Sus manos en mis tetas, apretando pezones duros como piedras. ‘Te odio… pero te quiero follar’, gruñó. La razón saltó por la ventana. Nos devorábamos.
Explosión de placer y confesiones
Me subí encima, coño chorreando sobre su polla tiesa. ‘Fóllame, Álvaro, rómpeme ya’. La piel suya quemaba contra la mía, sudor salado en el cuello. Empujó, su verga gruesa abriéndome de golpe. ‘Joder, qué prieta estás, puta’, jadeó, aliento caliente en mi oreja. Yo rebotaba, tetas saltando, olor a sexo llenando la habitación. Sus manos en mi culo, dedos hundiéndose, marcándome. ‘Más fuerte, cabrón, destrózame el coño’. Golpes brutales, polla golpeando el fondo, clítoris frotando su pubis. Gemí alto, mordiéndome el labio. Me volteó, perra en cuatro. Entró salvaje, huevos chocando mi clítoris. ‘Tu coño aprieta como una virgen, Alba… Voy a correrme’. ‘Dentro, lléname, hermanastro’. Explosión: su leche caliente inundándome, mi orgasmo temblando piernas, chorros mojando sábanas. Sudor, olor a corrida y coño, respiraciones entrecortadas.
Caímos exhaustos, piel pegajosa, corazones latiendo como tambores. ‘Te amo desde siempre’, susurré, acurrucada en su pecho húmedo. Le conté todo: la playa, la habitación, mi amor loco. Él confesó: ‘Pensé que te odiaba, pero era deseo puro. Noelia lo supo y nos unió’. Fatiga dulce nos invadió, piernas entrelazadas, su semen goteando de mi coño hinchado. Recordamos cada embestida, cada gemido. Ahora vivo con él, follamos cada noche. Ese recuerdo quema aún, mi coño palpita solo de pensarlo. ¿Quieres más confesiones? Pregúntame.