Confesión ardiente: La polla monstruosa de un refugiado libio me folló sin remedio

Ay, Dios… Mi marido y yo acabamos de cumplir cuarenta. Vivimos en una villa grande con vistas al mar, por los alrededores de Perpiñán. Yo soy Carmen, trabajo en recursos humanos en una farmacéutica. Él, Pablo, hace entrevistas para un supermercado. No tenemos hijos, nos apasiona nuestro curro. Físicamente somos opuestos: yo bajita, piel morena, caderas anchas, tetas grandes. Él alto, flaco, pelo oscuro, pálido.

Hace poco, una ONG nos dejó en casa a Ali, un viejo refugié libio que huyó de la revolución. Musulmán, no habla francés, comunicarnos es un lío. Debe tener más años que mi padre. Cara flaca, arrugada, siempre sonriente pese a todo. Ojos cansados tras gafas gruesas. No le pedimos nada, pero él se hace útil: cuida el jardín, limpia la piscina mientras trabajamos.

La chispa inicial, la tensión sexual que se vuelve insoportable

Ese día, fui a buscar a Pablo al trabajo en nuestro descapotable. Desde la entrada del garaje, vimos a Ali arriba de una escalera, sacando una pelota de golf del techo. Nos oyó, giró su torso flaco, levantó el brazo huesudo para saludar. La escalera tembló… y zas, cayó al techo de la veranda, que se hundió bajo su peso.

Corrimos. Un desastre. Él inconsciente en el suelo, entre los sillones de mimbre. Cristales por todo el cuerpo. Bajo su túnica amplia, vidrios clavados en piernas y brazos. Pablo temblaba, no se atrevía a tocarlo. Yo me agaché, empecé a limpiarlo. Él se sentó, mirando. Olía fuerte, a sudor viejo.

—Ve a por un cojín para su cabeza —le dije, mosqueada.

Volvió con una almohada de plumas. Yo ya había sacado unos cristales. Olía a cabra, sí, pero hay que ayudar.

—Quítale la túnica, amor, hay más vidrios —dijo Pablo.

Hice una mueca, pero tiré de la tela. Sus muslos flacos, peludos… Difícil. Pablo señalaba, yo arrancaba con cuidado, acariciando la piel sensible. Agachada a sus pies, vi… uf, entre sus piernas, una sombra oscura. Como una morena negra enroscada. La empujé rápido con la mano para que no viera Pablo. Pesada, caliente al tacto. Tuve que subir más la túnica para otros vidrios. Esa polla gris, gruesa, entró en mi vista. No le di bola, seguí desinfectando.

El acto sexual brutal e intenso

Llegó el momento de la entrepierna. Sin pensarlo, agarré su miembro arrugado y apestoso con una mano. Como si viera vergas enormes todos los días… Pablo sabe que no. La mía está bien, pero esta… al reposo, el doble de la suya erecta. Vergüenza ajena.

Empezó a despertar en mi mano. Se alargaba perezosa, volviéndose rígida, surcada de venas. Como la verga de un burro que vi de niña.

—Toma, es demasiado pesada, no puedo seguir —le dije a Pablo, pasándosela.

Él la cogió temblando. Sentía las venas bombeando. Intentó sujetarla, miró sus huevos grandes, rizados. Se le escapó… y ¡pam! Golpeó mi boca carnosa. Me paré, lo miré.

—¿Ni una cosa puedes hacer bien? —le reproché.

Agarré la polla de Ali, la apreté entre mi pantorrilla y muslo carnoso. Se destapó el glande. Con la presión, crecía más, como un hongo venenoso. Empezó a babear precum en mis piernas gorditas. Su boca babosa a centímetros de mis bragas. Mi coño visible bajo la falda corta, entre mis piernas abiertas.

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