¡Dios, aún me tiemblan las piernas al recordarlo! Soy Fabi, la reina de los ordenadores en la oficina, y mi jefe, Jero, acababa de salir del hospital hecho un Cristo. Pierna y brazo izquierdos enyesados, costillas magulladas… Pobre, pero joder, qué guapo igual. Fui a su piso a instalarle el portátil para que teletrabajara. ‘Pasa, Fabi, gracias por venir’, me dijo con esa voz ronca, desde el sofá. Olía a hombre, a sudor limpio y a deseo reprimido.
Me puse a cablear todo, agachándome bajo la mesa. Mi falda se subió un poco, sentí el aire en los muslos. Cada vez que me movía, pillaba su mirada clavada en mi culito. Sus ojos… uf, hambrientos. ‘¿Todo bien ahí abajo?’, preguntó, con la voz entrecortada. ‘Sí, jefe, solo un cable más…’. Pero yo ya notaba mi coño húmedo, latiendo. Saqué la caja de conexión, sudando un poco, me quité la chaqueta. Mis tetitas pequeñas se marcaron bajo la blusa, pezones duros como piedras.
La tensión que me quemaba por dentro
Me senté a la mesa, tecleando, piernas abiertas sin darme cuenta. La falda subió más, y zas, mi tanguita blanca al aire, con el monte de Venus negro asomando. Lo vi: su bermuda de pijama se levantó como una tienda de campaña. ¡Madre mía, qué polla enorme! Intenté ignorarlo, pero él no podía apartar la vista. ‘Ehh… lo siento, Fabi, es que…’. Su cara roja, polla tiesa palpitando. El aire se espesó, olía a sexo ya. Mi clítoris pedía guerra. ‘No pasa nada, jefe… es… halagador’, murmuré, mordiéndome el labio. La razón se fue a la mierda. Me acerqué, corazón a mil.