Confesión ardiente: el polvo salvaje con mi amigo en la resi después de Nochevieja

Era el 1 de enero de 2005, justo después de la fiesta de Fin de Año en la resi. Julia y Audrey se fueron con sus familias, dejándonos solos a mí, Flavia, y a él, mi amigo del grupo. Habíamos limpiado todo sudando, con el calor infernal de la calefacción siempre al máximo. Yo llevaba una camiseta grande que apenas tapaba mi sujetador y unas bragas, él solo short y camiseta. Terminamos exhaustos, pero paramos en mi cuarto a ver las noticias del tsunami en la tele.

Nos sentamos en la cama, yo con la espalda contra la pared, rodillas flexionadas, él a mis pies. Las imágenes eran hipnóticas, pero de repente… sentí su mirada. Su pierna rozó la mía, el calor de su piel me erizó. Volvió a tocarme con el pie, suave, juguetón. Me giré, sonriendo. Entre mis piernas, mi coño ya palpitaba bajo las bragas. Él sonrió de vuelta, tendió la mano a mi rodilla. Esperé la bofetada, pero no. Su palma en mi muslo… uf, un escalofrío. Ronroneé como una gata.

La chispa que prendió la tensión insoportable

Lo miré de verdad entonces. Pequeño, metro sesenta y cinco, tetas grandes, más que las de Audrey, boca carnosa, ojos grises hipnóticos. Pelo castaño en moño deshecho. Lo deseaba tanto. Su mano bajaba, lenta. Silencio total, solo la tele de fondo. Mi cabeza cayó atrás, entregada. Su dedo rozó la tela de mis bragas, húmeda ya. Hice que se deslizaran por mis muslos. Mi coño, con pelito fino, expuesto. Me tumbé, subí la camiseta. Él se arrodilló al suelo, hundió la cara. Su lengua… dios, precisa, lamiendo mi clítoris, chupando mis labios. Manos bajo mis nalgas, dedos dentro. Gemí fuerte, jadeos cortos. Olía a sexo, su aliento caliente. Mi orgasmo vino rápido, jugos por su cara.

Me levanté, cerré la puerta con llave. Él desnudo en la cama, polla tiesa. Lo toqué, piel ardiente. Lamí su tronco, bolas pesadas. Lo mamé hondo, saliva chorreando. Él me agarró la cabeza, follando mi boca. Se corrían sus gemidos roncos. Vi sus tetas colgando, las pellizqué. Dedos en mi coño otra vez, mojado.

El sexo crudo y el clímax explosivo

No aguanté. Me subí encima, empalé mi coño en su polla dura. Reboté, controlando. Él me sujetó caderas, chupó mis tetas. Sudor mezclado, respiraciones agitadas. Rodamos, él encima, misionero brutal. Polla embistiendo profundo, coño apretando. Gritos sincronizados. Luego levrette: él detrás, follando fuerte, dedo en mi ano. Me abrí, receptiva. El placer… insano.

Se corrió en mi culo y espalda, yo segundos antes, clítoris frotado. Pero no paramos. Lamí su polla, limpia de leche. Endureció. Lo quería en mi culo. Me puse a cuatro, él lamió mi ano, dedo en clítoris. Saliva en su verga, dedos abriendo mi agujero. Respiraba hondo, gemiditos. Glande entró suave, luego toda la polla. Ritmo acelerado, follándome el culo. Orgasmo conjunto, leche inundándome dentro.

Quedamos pegados, cucharita. Rompí el silencio: ‘Gracias… era mejor de lo que imaginé’. Él: ‘¿Planeado?’. ‘Sí… Audrey me habló de ti. Quería probarte’. Se rio, me abrazó. Beso tierno, primera vez. Nos cubrimos con la manta. Ese día paseamos de la mano, noche juntos. Amor nació ahí. Hoy vivimos juntos, dos niñas. Lo beso al despertar, recuerdo ese olor a sexo, piel caliente, deseo puro. Fatiga feliz, eterna.

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