Ay, chicas, no sé si era asco o puro aburrimiento, pero huía de los rollos románticos. Me perdía en las noches madrileñas, esas donde nadie sabe qué va a pillar, pero todos buscan lo mismo… sexo sin tapujos. Esa noche, Natalia era mi compi, mi amiga dulce con la que compartía fantasías y caricias calientes. Su piel blanca, como si el sol nunca la tocara, me volvía loca. Cada gesto suyo pedía mis manos.
Estábamos en un concierto cutre, de esos que no recuerdo el grupo, y charlamos con Lola, una chiquilla de unos 20 tacos, burguesita tímida pero con ojos de puta en potencia. Me encantan esas. Terminamos en mi piso, calor de verano pegajoso, sirviendo kir royales y vino fresco. Sus ojos brillaban con el alcohol, y yo… joder, ya la quería tumbar ahí mismo. Pero mi educación me frenaba. Apenas.
La chispa que encendió la hoguera
Vi cómo Natalia la comía con la mirada. ‘¡Qué guapa eres, Lola! Esos zapatos… uf’, le decía, besándole la mano, luego la comisura de los labios. ‘¡Demasiado mona!’, y risas. Sus dedos se enredaron. La tensión crecía, el aire olía a sudor y deseo. Nathalie tiró de ella, la pegó a su cuerpo. Besos en la cara, en la boca. Lola se dejaba, sonrojada, pero metió la lengua primera. Yo observaba, polla… digo, mi coño palpitando.
Natalia levantó su falda. Culito desnudo, braga bajada. Me lo ofrecía. ‘Ven, amor’, murmuró. Me acerqué, nuestros dedos se mojaron en su coñito húmedo, resbaladizo. Olía a sexo puro, dulce y salado. La puse contra mí, mi clítoris duro rozando sus nalgas. Ella jadeaba, ‘Sí… por favor…’. La razón se fue a la mierda.
La desvestimos rápido. Nuestras lenguas en sus tetas, mordisqueando pezones duros. Lola gemía bajito, temblando. ‘Primera vez así… no paréis’. Nuestros dedos la follaban, chorreando jugos. La puse de rodillas, Natalia abrió su coño para mí. Pero yo quería su culo. Escupí, lubricando. ‘Relájate, preciosa’, le susurré. Empujé mi… no, usamos un strap-on que saqué rápido, pero la escena era mía. Mi polla imaginaria, dura, entró despacio en su culito virgen. ‘¡Ay! Duele… pero qué rico’, lloriqueó, empujando hacia atrás.
El clímax brutal y sin frenos
Natalia se puso a cuatro, ofreciendo su coño empapado. Lola lamía su clítoris mientras yo la taladraba el culo. ‘Fóllamela más fuerte’, pedía Natalia, jadeando. Cambiamos: yo en el coño de Natalia, salvaje, gruñendo como animal. ‘¡Joder, qué puta estás!’, le dije. Lola nos besaba, chupando tetas. Sudor mezclado, olores intensos: coño mojado, culo abierto, piel caliente. Nos corrimos juntos. Yo en Natalia, chorros calientes; ellas en espasmos, grititos ahogados.
Luego, Lola lamió mi coño mientras Natalia la penetraba con dedos. ‘Córrete en mi boca’, le ordené. Lo hizo, temblando. Nos turnamos: yo en el culo de Lola otra vez, Natalia en su boca. Follando sin parar, pollas de juguete, lenguas, dedos. ‘¡Me vengo! ¡Sííí!’, aullaba Lola. Semen falso por todos lados, pero real el placer.
Al final, exhaustas. Nos reímos, besos suaves. ‘Gracias… ha sido brutal’, susurró Lola, sonrisa radiante. Nos quedamos tiradas, dedos en coños húmedos aún. Dormí con ellas pegadas, oliendo a sexo. Al día siguiente, nostalgia dulce. Ese recuerdo me pone cachonda todavía. ¿Repetimos, chicas?