Estaba harta de verlo solo en la selva, pensando en esa profecía de los 101. Yo, Catherine, o Catalina como me llaman aquí, lo busqué entre los arbustos. ‘Jacques… te ando buscando hace rato’, le dije jadeando, con el corazón latiendo fuerte. Él me miró, serio, con esa barba descuidada. ‘¿Qué pasa?’, murmuró, pero yo ya sentía el calor subiendo por mi piel.
Me acerqué, tomé su mano. ‘Somos 101 ahora, con la chica indígena que salvaron. Tú y yo… lo sabes, ¿verdad?’. Sus ojos se abrieron. La tensión era como un nudo en el estómago. Su mano en mi mejilla, áspera, caliente. ‘Sí… significa que…’, balbuceó. Nuestros labios se rozaron, su aliento caliente contra el mío. Me abandoné en sus brazos fuertes. Sus dedos apretaron mis tetas grandes, los pezones endureciéndose al instante. ‘Joder, Jacques, no aguanto más’, gemí. Él me giró, su polla ya dura contra mi culo. La razón se fue a la mierda.
La chispa que encendió el fuego
Me volteó contra el suelo mullido de hojas y musgo. ‘Chúpamela primero’, gruñó. Me arrodillé, saqué su verga gruesa, venosa, el glande rojo brillando. La metí en la boca, chupando hasta las bolas peludas. Su olor a hombre, a sudor y selva, me volvía loca. ‘¡Coño, qué bien lo haces!’, jadeó él, agarrando mi pelo rubio. Le lamí las bolas, metiendo la lengua en su ano mientras le pajeaba.
Luego me tumbó, arrancó mis harapos. Su lengua voraz en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, puta’, dijo lamiendo mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas. Me metió dos dedos, follándome la boca del coño mientras lamía mi culo. ‘Date la vuelta, quiero tu culo primero’, ordenó. Me puse a cuatro patas, tetas colgando. Escupió en mi ano, empujó su polla gorda. ‘¡Aaaah! Despacio…’, pero él entró de un golpe, abriéndome el ojete. Follaba duro, sus huevos chocando contra mi clítoris. ‘¡Me corro en el culo!’, grité, temblando en un orgasmo brutal.
El polvo brutal y sin frenos
No paró. Me tiró de espaldas, piernas sobre sus hombros musculosos. ‘Ahora tu coño, para dejarte preñada’. Empujó su polla empapada de mi culo directo a mi concha abierta. ‘¡Fóllame fuerte, cabrón!’, supliqué. Me taladraba, su sudor cayendo en mis tetas. Olía a sexo puro, a polla y coño revueltos. Sus embestidas me levantaban del suelo. ‘¡Me vengo dentro!’, rugió, llenándome de leche caliente, chorros y chorros en mi útero.
Caímos exhaustos en la musgo fresco. Su peso sobre mí, polla aún dentro, palpitando. Respirábamos agitados, piel pegajosa de sudor y fluidos. ‘Ha sido… increíble’, susurré, besando su cuello salado. Él sonrió, acariciando mi pelo. Ese polvo nos unió para siempre, como la profecía decía. Ahora, cada vez que huelo la selva, mi coño palpita recordando su verga rompiéndome. Felicidad pura, cansancio dulce. Somos uno.