Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Estábamos en Airlie Beach, después de un viaje infernal por la costa australiana. La puta coche nos había jodido vivo: embrague roto, luces que no iban, calor de cojones en la tienda. Mi novio y yo, al borde del colapso. Pero llegamos al hotel, playa paradisiaca, y vi el cartel: concurso de camisetas mojadas esa noche. Mil dólares de premio. ‘¿Por qué no?’, pensé. Él se mosqueó, pero se fue a dormir. Yo, con el corazón latiendo fuerte, me apunté.
El bar estaba a reventar de surfeadores australianos, todos cachondos. Subí al escenario, camiseta blanca, agua helada… mis pezones duros como piedras. Bailé, me mojé más, el público enloqueció. Pasé rondas, me quité la camiseta en semis, tetas al aire, temblando de frío y excitación. Olía a cerveza y sudor masculino. Lili, la alemana, Emma la inglesa tetona, Stacy la local… pero yo, Rafaela la española, fui subiendo. En final, contra Stacy, topless ya, me bajé la falda, tanga blanca que él me regaló. El calor subía, mi coño empezaba a mojar.
La chispa que encendió la hoguera
El presentador me tocaba el culo, el público gritaba. Me animé: tanga abajo, culo al aire, luego de frente, mi coño depilado brillando bajo luces. ‘¡Mira cómo moja la puta!’, gritó uno. Sí, chorreaba. Besé a Stacy en la boca, lengua dentro, sus tetas contra las mías. Gané. Mil dólares. Bajé del escenario, desnuda, ovacionada. Un surfeador, Jaxon, alto, bronceado, polla marcada en el short, me miró con ojos de lobo. ‘Eres una diosa’, murmuró. Mi novio no estaba. La tensión… uf, insoportable. Su aliento en mi cuello, olor a sal y mar. Mi razón dijo ‘para’, pero el deseo gritó ‘fóllame ya’.
Lo arrastré a la playa oscura, arena aún caliente. ‘No puedo más’, jadeé. Me empujó contra una palmera, boca en mis tetas, chupando pezones duros. ‘Tu coño huele a sexo’, gruñó. Le bajé el short: polla enorme, venosa, goteando precum. La tragué entera, garganta profunda, saliva chorreando. Él gemía: ‘Sí, puta española, chúpala’. Me puso a cuatro patas, arena en las rodillas. Entró de golpe, polla gruesa abriendo mi coño empapado. ‘¡Joder, qué apretado!’, rugió. Me follaba brutal, pellizcando tetas, nalgadas que ardían.
El polvo brutal sin frenos
‘Más fuerte, rómpeme’, supliqué. Sudor mezclado, su pecho contra mi espalda, calor sofocante. Me giró, piernas sobre hombros, polla hasta el fondo, golpeando útero. ‘Me vengo’, avisó. ‘Dentro, lléname’. Chorros calientes inundando mi coño, yo explotando en orgasmo, chorros míos salpicando. Jadeos, temblores. Se corrió tanto que goteaba por mis muslos. Quedamos tirados, arena pegada, olor a sexo y mar.
Ahora, en la cama con mi novio dormido, sonrío. Cuerpo cansado, coño dolorido pero feliz. Ese polvo… inolvidable. La piel ardiendo aún, sabor de su polla en la boca, semen seco en las piernas. Mañana, mil dólares salvan el viaje. Pero esto, mi secreto caliente, me ha cambiado. Quiero más. ¿Quién sabe qué pasará en la próxima playa?